Una comunidad de Luz

Hace más de tres mil años una nave encayó encima de los Montes Ararat, y ahora vuelven a ella los descendientes perdidos en el mundanal, en la profanación, para limpiarse y reconstruir la barca que los llevará a buen puerto; ahora vuelven unos pocos, ciñendose bien de coraje para enfrentar la gran marea que se levantó en medio de su embriaguez, ahora retornan a la claridad de la sobriedad, ahora han visto su desdicha, su plan venido abajo, su buena intención llevarlos al foso de peligro, ahora regresan de un camino desolado y entran seguros por la puerta ancha en busca de la verdadera Verdad, aquella a la que hay que reverenciar, porque es Una y Única, y tiene nombre aunque no es circunstancial, y Es aunque no ha sido Creado, sino que de Él emana todo cuando existe y Él será cuando todo termine, sencillamente permanecerá (como dice el Adon Olam). Ahora vienen curados, conscientes, haciendose espacio entre sus congéneres, formando sociedad antes que ver morir a los que alrededor esperan por Luz que les guíe. El Camino Noajida está trazado, su senda es vital, la brújula es la numinosidad con la cual se actúe y el valor que se le de, el fin es la reparación, es la promesa de continuar viviendo refinadamente en un mundo más allá a este, un mundo real y no sólo uno holográfico que nos sirve temporalmente.

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