¿Cómo funciona la mente de una persona corrupta?

¿Qué lleva a un profesional con un alto cargo, buen sueldo y
reconocimiento público al soborno o la ‘mordida’?
Esta pregunta se
planteó el psiquiatra colombiano Guillermo Acosta: «¿Qué induce a la persona a
trocar los comportamientos éticos por acciones perversas y corruptas?».

La respuesta puede estar en la cabeza. No es que la corrupción
sea un trastorno mental, sino que existen personas predispuestas a
ella
. Según Acosta -que basa sus teorías, principalmente, en lo dicho
por el psicólogo estadounidense Theodore Millon-, los corruptos son personas con
alguno de estos dos tipos de trastorno: narcisista -definido como egoísta- o
antisocial -definido como fanfarrón-. Ambos, identificados por la inclinación a
centrarse en sí mismos como fuente para satisfacer sus necesidades. Los
primeros, convencidos de que son superiores a los demás; los segundos, guiados
por la necesidad de mostrar esa superioridad.

«Son
características que los llevan a no considerar al otro
-explica
Acosta-. Se trata de personas explotadoras, abusivas, que en su dinámica mental
no tienen en cuenta la ética global». El de tipo antisocial no acepta la culpa,
quizá llegue a sentir vergüenza al verse expuesto al escarnio público, pero no
arrepentimiento. En cuanto al narcisista, es alguien tan encerrado en sí mismo
que pasa sin detrimento por encima de los demás.

Este tipo de personas,
indiferentes a las normas y con la idea de estar más arriba que ellas, pueden
llegar fácilmente a la corrupción. Muchos, incluso, lo hacen sin entrar en
conflicto directo con la ley, pues pasan desapercibidos. «Se trata de los
famosos delincuentes de cuello blanco, que se atrincheran en sus posiciones y
hasta reciben aprecio social por sus logros económicos y de poder», dice
Acosta.

¿Qué hace que una persona sea así? Se mezclan factores
biológicos, genéticos y ambientales, que son los que conforman los patrones de
personalidad. «Habrán visto que hay niños apacibles y otros que son un
terremoto. Los humanos, como todo animal, somos diferentes uno del
otro
«.

Este sustrato con el que nacemos se va a sumar a lo que
se aprenda, sobre todo en los primeros años de vida. Si un niño no recibe
límites, si todo lo que hace está bien y es fuente de aplausos, va a formarse en
una independencia en la que no tendrá consideración con los demás. De igual
manera, si a otros se les promueve la dependencia en función de recibir del
exterior, se quedará a la espera de que todo le llegue. «Lo que se busca es una
persona que, como en una constelación, tenga de todo un poco, piense tanto en
los demás como en sí misma -dice Acosta-. Ese equilibrio hace una personalidad
funcional».

***

Durante la niñez, dicen los especialistas, se
forma el futuro psicológico de la persona. En esa etapa el ser humano empieza a
comprender quién es él y quién es el otro. En ese andar, el niño comienza a
incorporar valores, a formar el superyó, que le dirá qué es lo bueno y qué es lo
malo. Y lo hace casi sin darse cuenta, puede ser cuando va en el carro con sus
padres y nota cómo se cruzan el semáforo en rojo porque nadie los está viendo, o
se detienen a cumplir la ley.

«Las fracturas en estas primeras fases de
desarrollo generan muchas de las patologías citadas -afirma Acosta-. Y hay que
ver que el abandonado no es solo el niño que vemos en Bienestar Familiar. Puede
estar abandonado en un entorno de lujo y comodidad, sin ese vínculo afectivo que
le ayude al tránsito de maduración al empezar a explorar el mundo».

-¿Toda persona corrupta ha tenido padres con características
similares?

-No necesariamente. Pero definitivamente hubo elementos
familiares que influyeron.

Estas personas crecen con una patología que se
refleja en la tendencia a controlarlo todo y a la transgresión de las normas,
sin tener en cuenta el impacto que sus acciones ilegales tengan sobre los demás,
pues carecen de empatía. En su actuar, hacen uso de su posición social o
económica privilegiada. Hace poco visitó a Bogotá uno de los expertos más
reconocidos en la lucha contra la corrupción, el británico Bertrand de Speville.
Conocedor como pocos de casos que implican este delito, afirmó que lo que más
sorpresa le causa es encontrarse con personas que, sin necesidad de dinero,
llegan a la corrupción para tener más. Es lo que hoy se preguntan muchos
colombianos, al ver nombres de reconocidos profesionales o políticos vinculados
en delitos que los tienen en la cárcel.

Y no solo se habla de grandes
escándalos, sino de hechos cotidianos. «Es tan corrupto el acto de robarle
dinero al Estado como el de no responder por la alimentación de un hijo», agrega
el experto. Ambos reflejan la falta de consideración por el otro.

A nivel
biofísico, manifiestan un estado de ánimo despreocupado e indiferencia. Son
seres con déficit de caridad social, falta de civismo y desinterés por la
seguridad de los demás. «Y sus acciones afectan a todos -dice Acosta-. Mire cómo
sufrimos andando por la calle 26, por ejemplo».

No es asunto de género,
como muchos creen, al suponer mayor honestidad en la mujer. Es tan propenso el
hombre como la mujer, lo que pasa es que se ha hecho más evidente en hombres al
ser mayor su presencia en cargos de poder. Tampoco se trata de personas con más
inteligencia. Si acaso, tienen más astucia.

¿El
corrupto siente placer al cometer el delito?

Uno se pregunta cómo
una persona con plata y poder hace más trastadas. Por el placer narcisista,
omnipotente, del riesgo. Tiene la sensación de que es Supermán, de que está
blindado contra toda kriptonita. Eso la lleva a ciclos de actuación repetitiva.
Por más carcelazos, vuelve a lo mismo.

Estas patologías se presentan en
forma leve, moderada o grave y, según sean, pueden recibir tratamiento. Si es
leve o moderada, es posible que sea útil la psicoterapia individual; si es
grave, el camino adecuado es una medida correccional: un tiempo de larga
instancia donde reciba educación conductual para cambiar los patrones de
comportamiento. «Estas personas no suelen consultar con deseos de cambio a un
especialista. Si lo hacen es por vergüenza, al ver su situación complicada o
porque una enviada a la cárcel los llevó a una depresión».

¿El corrupto es un enfermo?

-No. Tiene una
psicopatología, pero eso no lo hace inimputable. Es responsable por sus actos,
así su disfunción psicopatológica sea mayúscula. A diferencia del psicótico, que
pierde contacto con la realidad, estas personas son conscientes de lo que hacen.
Por eso hay que darles una pena y ofrecerles tratamiento.

¿Qué tanto les sirve un tiempo en la cárcel o una
psicoterapia?

Para Acosta, es difícil responder si una persona
que ha cometido un acto de corrupción necesariamente va a volver a hacerlo. «Si
no existe en ellos un cambio intrasíquico, lo seguirán haciendo. Por eso, en
algunos casos, las sanciones tendrán que ser permanentes o largas. Que nunca más
se acerquen a las arcas del Estado, por ejemplo, porque si lo vuelven a hacer,
seguro vuelven a meter la mano».

La intervención sobre estas
personalidades propuesta por Millon tiene como objeto equilibrar las polaridades
que imperan en ellas y centrar su atención en las necesidades del otro.
«Desmantelar la explotación interpersonal y fomentar la cooperación como algo
positivo». Ante este panorama, es claro por qué, cuando se habla de corrupción,
no es suficiente pensar en fortalecer las instituciones o la justicia, sino en
darle una mirada a la salud mental de quien está a cada lado de un
contrato.

MARÍA PAULINA ORTIZ

El tiempo

4 pensamientos en “¿Cómo funciona la mente de una persona corrupta?”

  1. es muy interesante esa frase que mencionas Jona, y pensandolo bien Noajismo es sinonimo de salud integral, pues se abarcan todos los aspectos del ser humano.

    para estar saludable hay que tener un estilo de vida Noajico.

    gracias por el texto Uriel, buena informacion.

    abrazos!!!

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