Aprender…

El valor que nos ayuda a descubrir la importancia de adquirir conocimientos a través del estudio y la reflexión de las experiencias cotidianas. Uno de los valores fundamentales de todo ser humano es el conjunto de habilidades y conocimientos de que dispone para resolver problemas. La única forma de obtener este conjunto es el aprendizaje. El valor de aprender tiene como finalidad la búsqueda habitual de conocimientos a través del estudio, la reflexión de las experiencias vividas y una visión profunda de la realidad.

Nuestra vida está rodeada de muchas situaciones alrededor de nuestro trabajo cotidiano, la familia y las relaciones personales de toda índole, en cada lugar debemos tomar iniciativas, resolver situaciones y enseñar a los demás a trabajar, a crear una mejor convivencia y a llevar una vida mejor. Quien tiene más elementos a su alcance, está en condiciones de cumplir con esta tarea de manera eficaz, pues este valor no consiste en acumular conocimientos para ser un erudito, sino para servir.

Hay quienes desde la época de estudiantes han creído que sólo debemos aprender lo que es necesario e indispensable para desempeñar una labor profesional específica, peor aún, que no queda más remedio que hacer el mínimo esfuerzo para solventar una situación académica.

Pero, ¿por qué nos da pereza aprender? Sencillamente porque deseamos que todo tenga una utilidad práctica e inmediata (como el niño que aprende a contar y a conocer la denominación de las monedas, para comprar con la seguridad de no ser engañado); esto sin agregar el esfuerzo y el tiempo que supone estar frente a un libro o cualquier otro medio. ¡Qué falta de aspiraciones y deseos de superación personal!

Ocasionalmente encontramos a personas con la habilidad de obtener conclusiones casi instantáneamente, teniendo una respuesta y explicación para cualquier asunto, en fin, como si todo lo supieran; el asombro es más grande si es un cardiólogo opinando sobre administración pública y hace referencia a la historia de cualquier nación… Sin quitar mérito a las aptitudes personales, lo excepcional -y producto del aprendizaje- es la capacidad de relacionar hechos, conocimientos y experiencias para tener un criterio bien formado y dar una respuesta oportuna y acertada en cada caso.

No debemos olvidar que el perfeccionamiento personal abarca la superación profesional, por lo tanto, debemos preocuparnos por profundizar. Terminar la universidad, comenzar una maestría, emprender un doctorado, asistir a cursos de actualización y diplomados deben ser un camino natural. No podemos olvidar que en el mundo laboral de hoy tener un título universitario ya no es suficiente. Es necesario ir más lejos si se desea un progreso real.

Sin embargo hay otras áreas que en apariencia no se relacionan directamente con nuestro trabajo: historia, filosofía, doctrina, literatura, relaciones humanas; o conocimientos técnicos y científicos: manejo de programas para ordenadores (computadoras), administración empresarial, funcionamiento del cuerpo humano, primeros auxilios, nociones de mecánica automotriz o cualquier destreza manual. Obtener conocimientos adicionales a nuestra profesión u oficio será siempre de utilidad práctica y nos brindarán un panorama más amplio de la vida.

En cierta forma podría decirse que todo comienza como un pasatiempo, quien aprende por sí mismo disfruta de la actividad sin cuestionarse el cuándo y para qué le servirá el tema en cuestión, y cada vez le es más fácil aprender, pues al igual que el cuerpo humano, el intelecto también necesita desarrollarse.

Cuando no estamos humana y profesionalmente preparados, somos incapaces de prevenir y resolver problemas: si un padre de familia no advierte la formación que sus hijos reciben en la escuela, no encontrará explicación a sus cambios de conducta; tener una empresa dejando la administración en manos de otros, no siempre es conveniente; manejar personal sin tener nociones básicas del comportamiento y naturaleza humana, nos lleva a un trato impersonal; desconocer la dignidad del matrimonio y la familia, puede tener como resultado la desintegración.

Ante nuestra incapacidad, nos convertimos en dependientes de las circunstancias y de las personas, buscando culpables y eludiendo responsabilidades. Una persona en constante preparación, se muestra interesada en todo lo que rodea a sus semejantes porque quiere superarse y encontrar la manera de ser más útil.

Debemos aceptar que no comprendemos en su totalidad muchos de los acontecimientos actuales, y mucho menos advertimos las repercusiones que tienen para nuestra sociedad y la familia en concreto: por qué las costumbres han cambiado tanto en los últimos 50 años; por qué ahora se habla de calidad y liderazgo; entender las controversias actuales sobre la vida humana; los conflictos internacionales. Podríamos llenar de ejemplos y la concusión sería la misma: es necesario aprender más para comprender mejor lo que sucede en nuestra vida y en el mundo, para dejar de pensar que todo es obra de la casualidad o producto del empeño de unos cuantos.

Para crecer en este valor, necesitamos tener en mente que aprender algo nuevo no es pérdida de tiempo, es una forma de alcanzar la superación personal. Podríamos argumentar falta de tiempo y necesidad de descanso, pero todo es cuestión de organización y esfuerzo, tal vez en forma gradual, pero continua.

El valor de aprender nos convierte en personas que tienen más herramientas para avanzar en la vida y para ser mejores seres humanos.

Paz y Bien para Todos…

Yendo por la ruta

El otro día me tocó estar por las rutas de mi país.
No es algo habitual en mí, en parte porque no me agrada andar en auto (mi vehículo habitual es la bicicleta), en parte porque me muevo en una zona restringida de mi pequeña ciudad.

Me resultó sumamente tedioso, incomodo, una pérdida de tiempo. Si bien hicimos algunas paradas, disfrutamos paisajes, conversamos, igualmente… no es lo mío…

Sin embargo, entre una y otra cosa me di cuenta de un par de hechos, que quiero ahora compartir contigo.

El primero: no siempre el que va apurado y parece seguro de lo que hace sabe donde está yendo y que está haciendo.
El asunto es así. Estábamos intentando cruzar por una ruta panorámica y alternativa, desde una ciudad balneario hacia otras que nos llamaban la atención. La ruta marcada en los mapas se desvía varios kilómetros y se aleja de la costa. Podíamos tomarla, pero escogimos la otra, la que a duras penas aparece en los mapas, la que carece de asfalto. Pero un par de personas nos habían mencionado que era hermosa, pintoresca y que había un rústico puente para pasar por encima de una bella laguna, hecho lo cual alcanzaríamos nuevamente una ruta principal rumbo hacia las ciudades de destino.
Igualmente, nos fijamos en el Google Maps, hicimos un par de averiguaciones por internet, blogs por aquí, sitios turísticos online por allá, algunas cosas más y sí… vimos el viejo puente sobre una laguna y sobre otra un cruce en balsas. ¡Maravilloso! Sería algo para recordar, no solo en fotitos, sino como experiencia casi única en nuestras vidas.
Y hacia allí nos fuimos.
Dimos vueltas, porque no había señalización, otras vueltas más. Consultamos el mapa, revisamos algún cartelito al costado del camino, preguntamos a un buen vecino y seguimos recorriendo.
Muy hermosas vistas, aromas a bosques, sonidos de vientos vírgenes sobre dunas, un océano rumoreando al fondo, solo –mucho sol- y kilómetros por una empolvada ruta, llena de baches, de recovecos, de luces y pocas sombras.
Tras una media hora la laguna no aparecía, el puente tampoco, pero el paisaje era cada vez más agreste, menos transitado y transitable.
Entonces se revolearon mapas, se revieron opciones, se proponían retrocesos, porque, en definitiva se estaba en la incertidumbre.
En eso, pasa a nuestro lado como bólido un auto, comiendo metros y metros a gran velocidad, con una seguridad y firmeza envidiables.
El polvo se levantaba tras sus ruedas traseras con gran vigor.
Rápidamente llegamos a la conclusión de que el conductor tenía claro el camino, sabía los secretos de la ruta “mística”, ¿cómo podía ser de otra manera dada su solvencia en este camino tan incierto?
Decidimos seguirlo, a paso lento, más parsimoniosos, es que no somos baqueanos ni tampoco ases del camino como para andar volando a ras de suelo.
Igualmente, lo teníamos como guía, ya que el rastro de polvo se mantenía por sobre la senda sinuosa a transitar.
Nos serenamos un poco, ya que conseguimos quien nos mostrará, fuera nuestro “maestro”.
Y lo seguimos.
¿Cómo seguir dudando o cotejando la información, si el tipo aquel tenía una firmeza y una certeza sin temblores?
Pero, unos minutos más tarde vimos que la mujer acompañante se había bajado y estaba revisando un mapa al costado del paisaje.
Nosotros pensamos que tal vez había bajado para hacer alguna “necesidad”, no necesariamente relacionada con el mapa.
¿Para qué precisaría un mapa alguien tan experto, según titulamos al otro conductor?
Veloces volvieron a partir rumbo hacia “allá”, el sitio ese que estábamos nosotros queriendo ir. 
Así que continuamos la marcha, pero le pedí a quien conducía que se detuviera también junto al mapa del camino, yo quería verlo, comprobar. Otro de los acompañantes descendió conmigo. Analizamos los datos confusos, el “usted esta aquí”, el mapa, las fotitos de referencia, etc.
Sí, según nuestros cálculos nuestro guía improvisado estaba en la senda correcta, era un buen líder el que por gracia del “destino” nos habíamos escogido.
Volvimos al auto y arrancamos detrás de la estela que dejaba nuestro líder.
Pero las dunas estaban ganando la vista, cada vez menos caminito y cada vez más arenas profundas y salvajes.
Allá, a lo lejos venía otro auto. En dirección contraria. De regreso.
Calculamos o que no había camino, o que venía de las ciudades a las que nosotros queríamos ir, o que venía de un punto intermedio.
Como no sabíamos le hicimos luces, sacamos la mano por la ventanilla pidiendo que se detenga, y el buen señor turista argentino (demasiado confiado para hacerlo) paró su auto a nuestro lado.
Muy amablemente nos dijo que el camino era “una porquería en mal estado”, refrendado por su coqueta señora y nos aseguraron que no había camino, que la cosa se ponía peor, que ellos ya habían estado por allí el año anterior y era intransitable.
Agradecidos a la pareja simpática debíamos nosotros decidir qué hacer.
Les hacíamos caso a ellos, ancianitos amables pero extranjeros que estaban volviendo, o a nuestro improvisado líder y cabecilla que con tanta firmeza siguió a gran velocidad por esa zona ignota de la realidad.
Votamos por seguir adelante y seguimos.
Ya parecía una expedición al Sahara, pero igualmente nos confiamos en que si el líder podía con un auto similar, nosotros también podríamos.
Pero entonces, la duna se hizo imposible.
Bajé del auto a explorar junto con otro de los pasajeros.
Escalamos unos cuantos metros por la arena hirviente y pesada. La experiencia valía el esfuerzo, aunque estábamos un poco perdidos… “un poco”… digo con optimismo.
Allí arriba tuvimos otra visión, parcial y escasa, pero un poco más amplia.
El desierto continuaba hacia adelante. Nuestro auto y pericia no daban para adentrarse, y no sé si no había alguna ley que prohibiera transitar con vehículos por allí.
En eso, nuestro osado y seguro líder volvía, iba para atrás, tan veloz y seguro como había ido hacia adelante.
Y allí marchaba, como un rayo, comiendo metros y metros por segundo, hacia atrás, de vuelta hacia la civilización.
Pero nosotros decidimos seguir adelante un poco más, había un pequeño sendero que pasaba cerca de una casas de pescadores artesanales.
Nos metimos por allí, lentamente, entre baches, desconcertados.
En eso vemos un niño, vestía harapos, cara de hambre, pero del lugar.
Lo saludamos y le preguntamos amablemente si sabía del estado de la ruta hacia el otro lado, de las posibilidades de atravesarlo con auto.
El niño con escasas palabras, con cierta rusticidad amable nos informa que no hay camino. Que pocos metros más allá está cortado todo pasaje.
Agradecemos, giramos y volvemos.

La segunda: no todo lo que aparece en internet y tiene aspecto de valioso y valedero, lo es.
Si relees la anécdota anterior encontrarás mi fuente de inspiración.

La tercera: no por mucho apretar el acelerador llegarás antes a donde quieres llegar.
En la ruta, en la que está en los mapas, las que tienen estaciones de servicio, peajes carísimos, la ruta en fin… varios autos nos pasaron, obviamente.
Nosotros íbamos un poquito menos que el límite de velocidad, a unos 100km/h, y a nuestro lado pasaban autos volando sin alas. Calculamos que subían de los 150km/h en donde lo permitido es 110 en algunos tramos.
Nosotros podíamos ir a esa velocidad o mayor, el auto lo permite, pero la ley y la prudencia dicen otra cosa.
Sí, quizás los pilotos-aviadores terrestres llegarían antes al baño, a un sillón, al no-estrés de estar en la ruta, a sus tareas, a sus líos, a sus problemas familiares, a sus trabajos, a sus deleites, a rescatar una vida… yo que sé… llegarían antes… nosotros no…
Entonces vimos que no siempre el que acelera más llega antes.
Uno había volcado, ya estaba la policía caminera, una ambulancia… pobre gente… esperemos que sea solo pérdida de plata por arreglar la chatarra y no otros males.
Otro estaba siendo multado por otra patrulla de la caminera. No sabemos si por exceso de velocidad (ese quería ganar algún premio de F1, estoy seguro de ello), ir sin cinturón de seguridad, sin luces, o vaya uno a saber. Lo cierto es que el que nos había pasado como si estuviéramos quietos, ahora estaba demorado a un lado de la ruta y llevándose un “regalito”.
Otros más estaban allí, en fila india, en un trencito, detrás de un camioncito pesado y lento que estaba obstaculizando a todos los que veníamos detrás. Estuvimos así, uno detrás del otro a paso de ancianita durante varios kilómetros.

En resumen, creo que he aprendido algunas cosas necesarias para la vida en este breve paseo por las rutas nacionales.
¿Qué aprendiste tú?
¿Cómo lo relacionas con el pasaje por esta vida y el vínculo con la espiritualidad?

Nuestro tiempo

” El tiempo es oro”, reza un viejo dicho y quizás lo sea entendido de manera metafórica. Aunque si lo piensas bien, tu tiempo, el mío, el de quienes nos rodean, vale infinitamente más que el oro.

Tu tiempo, el nuestro, es tiempo de vida y vida, que sepamos con certeza, solo hay una.

Puede que haya otra existencia, reencarnación, otros planos o puede que no. Eso entra en la especulación o en todo caso está más allá de nuestro entendimiento.

Hoy estamos aquí, en esta realidad, en este mundo.

Tu tiempo es ahora y lo único seguro y sobre lo que puedes actuar es el momento presente; este preciso instante en el que lees estas líneas, en el que se te agolpan las ideas, en el que estas de acuerdo o en desacuerdo con lo que escribo. Ahora que llenas tus pulmones de aire y oyes los sonidos que te rodean, ahora que puedes interactuar con tu entorno.

Para hacer o dejar de hacer, para aprovecharlo o para derrocharlo. Este es tu momento.

Es ahora cuando tienes la oportunidad de actuar sobre el mundo, sobre las personas.

El antes, ya pasó y el después es incierto.

Como dijo Benjamin Franklin,   “Un hoy vale por dos mañanas”

¿Ves el enorme potencial que cada instante tiene en si mismo y que está ahí, esperando a que lo recojas a que te decidas  a usarlo?

¿Entiendes que el mundo no va a cambiar por si solo y que el rumbo que tome dependerá de nuestras acciones?

¿A que esperas para corregir lo que ves mal si está a tu alcance el hacerlo? ¿Cuándo será buen momento para reparar injusticias y ayudar y compartir y disfrutar?, ¿para realizar esa idea que te ronda desde hace mucho en tu cabeza?

Hay mucho por donde empezar; tus padres, tus hermanos, tus vecinos, tus amigos, tus compañeros…la humanidad, el mundo.

Y ahora que ya has comenzado (o no) ten presente esta máxima:

” Tan a destiempo llega el que va demasiado deprisa como el que se retrasa demasiado”

William Shakespeare 

Respetar lo ajeno y amar lo que es nuestro

¿Podemos apartar varios minutos y leer éstos diez puntos?

Nota: Los que estén en horario laboral abstenerse de leer, es preferible que graben en un archivo y luego lo lean en el computador del hogar.

 1. http://serjudio.com/dnoam/rap177.htm
 2. http://serjudio.com/rap701_750/rap706.htm
 3. http://fulvida.com/?p=11685
 4. http://serjudio.com/?p=5129
 5. http://serjudio.com/?p=5130
 6. http://serjudio.com/dnoam/rabim.htm
 7. http://serjudio.com/rap1601_1650/rap1649.htm
 8. http://fulvida.com/?p=11454
 9. http://fulvida.com/?p=11471
10. http://fulvida.com/?p=6509

Preguntas para auto-responderse de lo aprendido.
1. Si la Torá fue dada a Israel, ¿por qué no respetar la decisión del Eterno?
2. Si del estudio de la Torá con un maestro judío nos ayuda a salir de las creencias erróneas, ¿por qué querer aprender más allá de eso?
3. Si conocemos que la Torá es de Israel, y las enseñanzas correctas sólo pueden darla un maestro judío calificado, ¿por qué querer tomar lo que no nos pertenece y aprender de manera aislada si se sabe en qué termina (en ídeas y conceptos erróneos)?
4. y 5. Los que insisten en estudiar Torá entre gentiles son los idólatras, entonces replico ¿no sería mejor aprender de un maestro judío calificado que lleva años de estudio y de experiencia en el tema en vez de tener las motivaciones erroneas de otros…?  8-O
6. Deberíamos ¿seguir a las mayorías o a los que hacen lo correcto?
7. ¿Qué es lo mejor? ¿preservar/trabajar/cuidar lo nuestro o mirar/envidiar/desear lo ajeno?
8. Si hombres de gran estima y conocimiento han dado su parecer ¿para qué prestar atención a lo que digan personas que no conocen ni dónde están ubicados?
9. ¿Debemos de hacer conversión al judaísmo o debemos cumplir/estudiar lo que nos corresponde para ser grandes?
10. ¿Todavía tienes alguna duda?

Recordemos:

Noajismo NO ES una religión, ni creencia, ni doctrina, ni dogma, ni profesión, ni confesión.
Noajismo NO TIENE un liderazgo, ni jerarquía, ni jefes, ni subditos.
Noajismo NO ES un paso/requisito/amuleto hacia la conversión al judaísmo.

Noajismo son los deberes de las personas noájidas (gentiles, no-judías, como se entienda) de cumplir con los 7 preceptos de las naciones (dadas por el Eterno) y sus derivados (enseñados por un maestro judío calificado).
Noajismo ES la herencia sagrada de los noájidas (gentiles, no-judías, como se entienda).  :-D
El noajismo es espiritual y laico, nada tiene que ver con religión o religiones.

La palabra noajismo, es un término muy reciente para hacer referencia, en una sóla palabra, a una tradición más antígua (primeramente a los preceptos entregados a Adam/Adán, posteriormente a los preceptos entregados a Noaj/Noé) que cualquier civilización (o religión) actual o desaparecida.

Si no conoces el noajismo aún, ya es hora de que conozcas la tradición que teníamos perdida

http://fulvida.com/nosotros/empieza-aqui
http://fulvida.com/nosotros/sernoajidacom

Abrazos para todos, y en palabras de un buen amigo:  ;-)
Por el pronto retorno de los fieles de entre las naciones

Gratitud…

De personas bien nacidas es ser agradecidas. ¿Cómo vivir mejor este valor? Dicen que de todos los sentimientos humanos la gratitud es el más efímero de todos. Y no deja de haber algo de cierto en ello. El saber agradecer es un valor en el que pocas veces se piensa. Ya nuestras abuelas nos lo decían “de gente bien nacida es ser agradecida”.

Para algunos es muy fácil dar las “gracias” por los pequeños servicios cotidianos que recibimos, el desayuno, ropa limpia, la oficina aseada… Pero no siempre es así.

Ser agradecido es más que saber pronunciar unas palabras de forma mecánica, la gratitud es aquella actitud que nace del corazón en aprecio a lo que alguien más ha hecho por nosotros.

La gratitud no significa “devolver el favor”: si alguien me sirve una taza de café no significa que después debo servir a la misma persona una taza y quedar iguales… El agradecimiento no es pagar una deuda, es reconocer la generosidad ajena.

La persona agradecida busca tener otras atenciones con las personas, no pensando en “pagar” por el beneficio recibido, sino en devolver la muestra de afecto o cuidado que tuvo. ¿Has notado como los niños agradecen los obsequios de sus padres? Lo hacen con una sonrisa, un abrazo y un beso. ¿De que otra manera podría agradecer y corresponder unos niños? Y con eso, a los padres les basta.

Las muestras de afecto son una forma visible de agradecimiento; la gratitud nace por la actitud que tuvo la persona, más que por el bien (o beneficio) recibido.

Conocemos personas a quienes tenemos especial estima, preferencia o cariño por “todo” lo que nos han dado: padres, maestros, cónyuge, amigos, jefes… El motivo de nuestro agradecimiento se debe al “desinterés” que tuvieron a pesar del cansancio y la rutina. Nos dieron su tiempo, o su cuidado.

Nuestro agradecimiento debe surgir de un corazón grande.

No siempre contamos con la presencia de alguien conocido para salir de un apuro, resolver un percance o un pequeño accidente. ¡Cómo agradecemos que alguien abra la puerta del auto para colocar las cajas que llevamos, o nos ayude a reemplazar el neumático averiado!

El camino para vivir el valor del agradecimiento tiene algunas notas características que implican:

– Reconocer en los demás el esfuerzo por servir
– Acostumbrarnos a dar las gracias
– Tener pequeños detalles de atención con todas las personas: acomodar la silla, abrir la puerta, servir un café, colocar los cubiertos en la mesa, un saludo cordial…

La persona que más sirve es la que sabe ser más agradecida.

Sencillez…

Quienes poseen una fortaleza interior y un encanto penetrante y perpetuo, son seres de personalidad sencilla. Usualmente no las percibimos con facilidad, pero la encontramos cuando realmente, ellos nos demuestran que son únicos, recios, sin actos involuntarios, y de cualidades evidentes y naturales. Es decir, que la sencillez nos enseña a saber quienes somos en la vida y lo que podemos llegar a ser en ella.

Actualmente nuestra sociedad, carece de un vacío cultural propio de la falta de este valor tan grande que es la sencillez. Esto se debe a que todo se rige según la moda, la ropa que usamos, los autos que poseemos, si tenemos poder, y lo peor de todos si logramos humillar sin necesidad, al resto de los individuos.

Francamente, debemos ser conscientes de que estamos dotados de inteligencia, cualidades y habilidades que nos distinguen. Pero a veces, ello se pierde por el solo hecho de creer que nuestra vida es una eterna competencia y comparación con el resto de los individuos. Esto determina que cada uno de nosotros pierda su espontaneidad y frescura que nos hace únicos; convirtiéndonos en personas intolerables.

Cabe aclarar, que este valor con frecuencia se la relaciona a las personas sencillas, con aquellos que son tímidos e ingenuos, o en el mejor de los casos con la idea de pobreza y suciedad. Por el contrario, ninguno de ellos atañe al valor en cuestión. Ser sencillos, es poseer humildad desde lo más profundo del corazón y además tener lo que se necesita sin gustos superficiales.

Para ser saber si una persona es sencilla, debemos estar atentos a las distintas manifestaciones que esta puede dar. Por ejemplo, desde su forma de hablar la persona sencilla no se convierte en el centro de atención y evita estar en todas las conversaciones, sino por el contrario la palabra es usada con prudencia y de manera apropiada. Es decir, que su lenguaje será comprensible y por sobre todas las cosas acordes a la ocasión, evitando en todo momento hablar de sus logros, aciertos y reconocimientos alcanzados.

Por lo tanto, la falsedad y las complicaciones deben estar ajenas a nuestras ideas y pensamientos más internos. Para ello, no busquemos problemas y dificultades donde no existen, tratando de no hacer preguntas y comentarios que solo corroboran lo que anteriormente quisimos mostrar.

De todas las manifestaciones más evidentes de una persona sencilla, es frecuentemente los aspectos externos de ella. Por ejemplo, no es extravagante en su forma de vestir, desde la moda, las joyas o los colores llamativos. Sino que, siempre esta acorde a las ocasiones utilizando prendas que concuerdan a su forma de ser.

De acuerdo a sus modales, estos se apartan de ser artificiosos y estudiados en cada situación en particular. La cortesía es propia de la sencillez y se manifiesta claramente en la forma de saludar, utilizar utensilios o hasta leer una carta.

Para la persona sencilla, además el apoyo hacia el otro es incondicional, ya que no presenta miedo en hacerlo y siempre puedes contar con su apoyo. Para el todo será importante y por lo tanto necesario.

La sencillez, es un valor que nos hace apreciar los bienes materiales que poseemos de igual manera. Por ejemplo, estas personas evitan el lujo inútil; ya que adquieren y utilizan solamente aquellos bienes que consideran necesarios. Esto no quita, que puedan comprar cosas de buena calidad por su duración y eficiencia, sino que no lo hacen para presumir ser más.

Cabe aclarar, que ser sencillos no significa que no debamos luchar para superarnos y poseer una vida más digna, sino que si lo hacemos pero desde la perspectiva de este valor.

En consecuencia, todas aquellas personas que son sencillas desde el corazón, son aquellas que aprecian a los demás por lo que son, y poseen un diálogo amable y por ende una amistad sincera. Todo lo que el tiene, esta a disposición del que lo necesite.

Distinguirse, sobresalir y admiración a nuestra figura externa, son deseos superados por el valor de la sencillez. Ya que lo que importa, es lo que somos desde nuestro interior, logrando que a nuestro alrededor más personas estén verdaderamente por lo que somos.

Noajikids: El Pastor Mentiroso

Apacentando un joven su ganado, gritó desde la cima de un collado: “¡Favor! que viene el lobo, labradores”. Éstos, abandonando sus labores, acuden prontamente, y hallan que es una chanza solamente. Vuelve a clamar, y temen la desgracia; segunda vez la burla. ¡Linda gracia!
 
Pero ¿qué sucedió la vez tercera? que vino en realidad la hambrienta fiera. Entonces el zagal se desgañita, y por más que patea, llora y grita, no se mueve la gente, escarmentada; y el lobo se devora la manada.
 
¡ Cuántas veces resulta de un engaño contra el engañador el mayor daño!

Comprensión…

Cuando alguien se siente comprendido entra en un estado de alivio, de tranquilidad y de paz interior. ¿Qué hacer para vivir este valor en los pequeños detalles de la vida cotidiana? ¡Quiero que me comprendas! Cuántas veces hemos tenido la necesidad de encontrar a alguien que escuche y comparta nuestros sentimientos e ideas en un momento determinado. Cuando nos sentimos comprendidos entramos en un estado de alivio, de tranquilidad y de paz interior. Pero, ¿somos capaces comprender a los demás? ¿de procurar dar algo más que un simple: “si te comprendo”?
La comprensión es la actitud tolerante para encontrar como justificados y naturales los actos o sentimientos de otro. Es en este momento nos percatamos que la comprensión va más allá de “entender” los motivos y circunstancias que rodean a un hecho, es decir, no basta con saber que pasa, es necesario dar algo más de nosotros mismos.
Podemos “saber “ que un empleado nuestro comete errores con cierta frecuencia, “justificamos” este hecho debido a una falta de conocimiento, lo cual determina sus fallas como involuntarias y observamos la necesidad urgente e inmediata de brindar la capacitación correspondiente. El justificar se convierte en una disculpa, en una atenuante que nos hace ubicar el problema en su justa medida, por lo tanto, la comprensión nos lleva a proponer, sugerir o establecer los medios que ayuden a los demás a superar el estado por el que actualmente pasan.

El ser tolerantes no significa ser condescendientes con lo sucedido y hacer como si nada hubiera pasado, la tolerancia debe traducirse como la confianza que tenemos en los demás para que superen sus obstáculos. El padre de familia que retira todo su apoyo a los hijos hasta que mejoren sus calificaciones, condiciona su comprensión a resultados, y no al propósito, al esfuerzo y al empeño que se pongan para lograr el objetivo.
Ver con “naturalidad” los actos y sentimientos de los demás, es la conciencia de nuestra fragilidad, la convicción de saber que podemos caer en la misma situación, de cometer los mismos errores y de dejarnos llevar por el arrebato de los sentimientos.
La mayoría de las veces los sentimientos juegan un papel importante y debemos ser cuidadosos. Una persona exaltada, triste o francamente molesta esta sujeta a la emoción momentánea, lo cual reduce su capacidad de reflexión, con la posibilidad latente de hacer o decir cosas que realmente no piensa ni siente. Cada vez que alguien pide comprensión, a través de palabras o actitudes, busca en nosotros un consejo, una solución o una idea que lo haga recuperar la tranquilidad y ver con más claridad la solución a su problema.
El comprender no debe confundirse con un “sentirse igual” que los demás, esto puede suceder con las personas a quien les tenemos cierta estima, pero, ¿Qué pasaría con quienes no tenemos un lazo afectivo? Es necesario enfatizar que la comprensión, es y debe ser, un producto de la razón, de pensar en los demás, “ de ponerse en los zapatos del otro”, sin hacer diferencias entre las personas. Si alguna vez nos hemos visto incomprendidos, recordaremos el rechazo experimentado y como nos sentimos defraudados por la persona que no supo corresponder a nuestra confianza.
Existen un sinnúmero de oportunidades para vivir el valor de la comprensión. En las situaciones cotidianas tenemos a tendencia a reaccionar con impulsos, por ejemplo: cuando no esta lista la camisa que pensábamos usar; si llegamos a casa y aún no han terminado de preparar la comida; una vez más los hijos han dejado sus juguetes esparcidos por toda la casa; los compañeros de clase que no terminaron a tiempo su parte del trabajo en equipo; el informe para la oficina que tuvo errores y se retrasó; etc.
Si deseamos hacer nuestra comprensión de manera consciente, debemos pensar un momento si hacemos lo necesario para:

– Aprender a escuchar y hacer lo posible para no dejarnos llevar por el primer impulso (enojo, tristeza, desesperación, etc.)

– No hacer juicios prematuros, primero se deben conocer todos los aspectos que afectan a la situación, hay que preguntar. No basta decir que una persona es poco apta para un trabajo.

– Distinguir si es una situación voluntaria, producto de los sentimientos o de un descuido. En cualquier caso siempre habrá una forma de prevenir futuros desaciertos.

– Preguntarnos que haríamos y como reaccionaríamos nosotros al vernos afectados por la misma situación.

– Buscar las posibilidades y opciones de solución. Es la parte más activa de la comprensión, pues no nos limitamos a escuchar y conocer que sucede.

– Dar nuestro consejo, proponer una estrategia o facilitar los medios necesarios que den una alternativa al alcance de la persona.

La comprensión no es algo para ejercitar en situaciones extremas, se vive día a día en cada momento de nuestra vida, con todas las personas, en los detalles más pequeños y en apariencia insignificantes.
¡Qué importante es la comprensión! Podemos afirmar que es un acto lleno de generosidad porque con ella aprendemos a disculpar, a tener confianza en los demás, y por lo tanto, ser una persona de estima, a quien se puede recurrir en cualquier circunstancia.

Crítica constructiva…

Hacer una crítica constructiva para ayudar a los demás es una actitud madura, responsable y llena de respeto por nuestros semejantes. El valor de la crítica constructiva se fundamenta en el propósito de lograr un cambio favorable que beneficie a todas y cada una de las personas involucradas en circunstancias o ambientes determinados, con actitud de respeto y sentido de colaboración.

De forma natural el hombre busca comunicar sus pensamientos e influir en los demás con su opinión para lograr cambios en la familia, la sociedad, el trabajo o la escuela, sin embargo, corremos el riesgo de sujetarnos únicamente a nuestro particular punto de vista e intereses, sin atender a las necesidades o propósitos que tienen los demás

A través de la crítica constructiva se desarrollan otros valores: lealtad, honestidad, sencillez, respeto, amistad… Con esta referencia sería absurdo cerrar nuestro entendimiento y pasar por alto la importancia de vivir este valor, pues nadie puede jactarse de tener un buen juicio crítico, si no ha logrado establecer un equilibrio entre la manera como acepta las críticas y la forma e intención con que las expresa.

Cada vez que una persona desea expresar su opinión o inconformidad con rectitud de intención, tiene que aclarar que es “una crítica constructiva”, para evitar malos entendidos y lograr una mejor disposición de su interlocutor. A veces somos tan susceptibles, que sin la aclaración pertinente nos sentimos agredidos. Si fuésemos más sencillos y maduros, encontraríamos en cada crítica –positiva o negativa- una oportunidad para cambiar y mejorar nuestra forma de vida. En realidad, aún de las críticas más acres deberíamos tener la serenidad, paciencia y madurez para obtener lo mejor de ella, aún si hiere nuestro amor propio.

Ahora bien, es muy común que nuestra tendencia a criticar se propague sin ton ni son y convertimos a la crítica en una forma de oposición y rechazo a todo aquello que no nos gusta; observamos y manifestamos inconformidad casi de todo: el modo de vestir, las opiniones, la forma de gobierno, las normas de vialidad, la conducta del vecino… y muy pocas veces, hacemos un juicio objetivo y valiente sobre nuestro comportamiento y modo de pensar.

Lo primero será reconocer que frecuentemente hablamos sin fundamento, nos quedamos con unas cuantas palabras del noticiero o del diario, cotejando nuestra pobre información con los comentarios que escuchamos en la oficina o con los amigos, hacemos conjeturas y emprendemos el vuelo aprobando o desaprobando todo tema de actualidad: iniciativas de ley, la política económica, los eventos sociales, sucesos de carácter internacional y hasta las nuevas disposiciones en materia de educación o de salud… ¡Con qué facilidad no erigimos en autoridades competentes!

Es claro que las decisiones de índole social o política a veces muy distantes del común de las personas, pero esto no justifica la critica mal intencionada. En todo lugar existen medios, asociaciones y grupos de personas con el afán de crear una sociedad más justa y llena de oportunidades para todos. ¿Por qué no participar o tomar la iniciativa en nuestras manos? Tal vez no todos tenemos el valor de asumir una responsabilidad más grande, de mayor trascendencia…

Pero la crítica más dura y severa la realizamos hacia las personas que conocemos y los lugares donde asistimos: nos disgusta el sistema de trabajo que se lleva en la empresa, y por ende, quienes la encabezan; calificamos la aptitud de nuestros colegas con comparaciones absurdas; señalamos con firmeza los defectos, costumbres y hábitos de nuestros conocidos y amigos; nos disgustamos porque en casa las cosas no se hacen a nuestro gusto. ¿Acaso hacemos un bien expresando opiniones negativas?

Cualquier comentario fuera de lugar o falto de delicadeza, no solo ofende, destruye además la buena comunicación, la imagen y opinión que se tiene de las personas y por si fuera poco, habla muy mal de nosotros. Para que nuestra crítica tenga valor, se requiere una actitud honesta, leal y sencilla: si algo nos disgusta o incomoda, no hay porque escondernos en el anonimato, generar murmuraciones o crear conflictos, si deseamos que las cosas y las personas mejoren, lo correcto será acercarnos a los interesados y expresar abiertamente nuestro punto de vista, dispuestos a escuchar y a obtener un resultado provechoso para todos.

Para concretar propósitos que nos lleven a ejercitar el valor de la crítica realmente constructiva debemos evaluar con sencillez y valentía nuestro modo de ser, esto significa ser autocríticos:

– Evalúa las situaciones, escucha a las personas y pregunta. De esta manera tendrás los elementos necesarios para formar un juicio correcto y dar una acertada opinión.

– Antes de criticar a las personas en cualquier aspecto, examínate con el mismo rigor y criterio, no sea que tengas los mismos defectos. Recuerda que para ayudar a los demás, tú debes ser el primero en mejorar.

– Haz el propósito de descubrir lo bueno que tienen las personas, las instituciones y las circunstancias. Si no tienes algo positivo que decir, lo mejor es callar.

– Examina tus intenciones, sentimientos y estado de ánimo antes de pronunciar palabra.

– Aprende a informarte con profundidad y acostúmbrate a hablar de los hechos, evitando hacer interpretaciones y suposiciones superfluas.

– Acepta con madurez todo tipo de críticas y comentarios respecto a tu persona y modo de trabajar, centrando tu atención en la oportunidad de mejora.

Cualquier crítica debe formularse responsablemente a través de la reflexión, considerando las implicaciones que podría tener; el respeto que debemos a las personas se manifiesta protegiendo su buen nombre y reputación, además de procurar su mejora individual. De esta manera actuamos en justicia y todo nuestro actuar se convierte en actitud de servicio e interés por el prójimo.

Flexibilidad…

La Flexibilidad es la capacidad de adaptarse rápidamente a las circunstancias, para lograr una mejor convivencia y entendimiento con los demás. Los científicos están de acuerdo: sobreviven aquellas especies cuya capacidad de adaptarse es sobresaliente. Y esto se aplica a muchos ámbitos humanos: la carrera profesional, la familia, la amistad. La rigidez es un terrible obstáculo para cualquier ser humano.

La Flexibilidad es la capacidad de adaptarse rápidamente a las circunstancias, los tiempos y las personas, rectificando oportunamente nuestras actitudes y puntos de vista para lograr una mejor convivencia y entendimiento con los demás.

En ocasiones se ha entendido a la flexibilidad como un “ceder” siempre para evitar conflictos, ser flexibles no significa dejarse llevar y ser condescendientes con todo y con todos. El aprender a escuchar y a observar con atención todo lo que ocurre a nuestro alrededor, constituye el punto de partida para tomar lo mejor de cada circunstancia y hacer a un lado todo aquello que objetivamente no es conveniente.

Podemos apreciar una actitud poco flexible en las personas que rechazan de forma automática todo aquello que se opone a su forma de pensar y de sentir, al grado de comportarse en ocasiones como verdaderos necios e intransigentes. Antes de dar una respuesta o emprender cualquier acción, el sentido común debería llevarnos a hacer una pausa para considerar detenidamente cualquier idea o propuesta, y de esta manera formarnos una mejor opinión al respecto.

La flexibilidad mejora nuestra disposición para llegar a un común acuerdo y enriquecerse de las opiniones de los demás, de esta manera ambas partes se complementan y benefician mutuamente.

Cuando la amistad y la simpatía son el factor común entre las personas, ser flexibles no cuesta tanto trabajo, normalmente estamos dispuestos a escuchar y a cambiar nuestro parecer en el momento que sea necesario; lo difícil es mantener esta actitud abierta con el resto de las personas.

Cualquier persona, sea un compañero, dirigente, gobernante o autoridad, puede despertar poca simpatía en los demás como persona, más no por eso se duda de su capacidad y conocimientos. Por este motivo, los lazos de afecto no deben ser un impedimento para reconocer la autoridad profesional o moral que tienen las personas y ser todo oídos para tomar todo lo bueno que nos desean transmitir.

Si el núcleo de la flexibilidad es la adaptación, debemos hacer todo lo posible por encontrar en todo lugar y circunstancia, el equilibrio justo para hacer compatibles nuestro estilo personal de trabajo, costumbres, hábitos y modo de actuar con el de los demás para ser más productivos, mejorar la comunicación y establecer relaciones duraderas.

No es sorprendente encontrar a un genio de las finanzas, al prestigiado abogado, al excelente empresario o al alumno brillante, que, conscientes de su capacidad, conocimientos y experiencia, se cierran a todo género de opiniones, considerándolas inútiles y superficiales. La falta de flexibilidad nos hace insensibles y con poca apertura al diálogo, deteriorando notablemente la convivencia y la posibilidad de ser mejores en nuestro desempeño.

En este sentido, podemos decir que la humildad juega un factor importante para reconocer que nuestro criterio no siempre es el mejor y siempre estaremos expuestos a cometer un error o a tomar una mala decisión.

Algunas veces nuestra capacidad de adaptación se somete a pruebas más severas: cambiar de ciudad, de domicilio; nuevo empleo en una empresa con un giro completamente distinto al que veníamos desarrollando, nueva escuela, etc. En todos y cada uno de estos cambios debemos tratar con personas diferentes, así como sus costumbres y las normas de convivencia o de trabajo. La rapidez con que nos identifiquemos al nuevo ambiente, marcará desde el primer momento el éxito o fracaso en nuestro desempeño y las relaciones con los demás.

Lo más vano y de mal gusto es hacer continuas y repetitivas comparaciones entre la forma de trabajo anterior, prestaciones e importancia; los excelentes vecinos; las instalaciones de la escuela; las ventajas de la gran ciudad, los lugares de esparcimiento y diversión… y tantas otras manifestaciones superficiales que muestran hermetismo y el orgullo vano de haber pertenecido o crecido en un lugar diferente.

La flexibilidad nos debe llevar a buscar la plena integración al nuevo medio, si es ahí donde tenemos que estar, de poco sirven las quejas y las comparaciones inútiles. Aprender a tomar lo mejor de cada lugar y de su gente, demuestra madurez, sociabilidad, compromiso, solidaridad, apertura a la comunicación y a la adquisición de nuevas experiencias.

Para que nuestros propósitos de mejora tengan fruto, es necesario identificar y corregir algunas de las actitudes que nos impiden vivir cabalmente este valor:

– Procura que tu primer impulso no sea dar un sí o un no como respuesta. Aprende que el aceptar o el negarse tiene su momento. Escucha, observa, medita y actúa.

– Habla cuando sea necesario, o calla si las circunstancias lo ameritan. Las conversaciones forzadas no llevan a ninguna parte, cuantas veces nos empeñamos en hablar de un tema que a nadie interesa.

– Busca el mejor momento para expresar tus opiniones.

– Aprende a dejar una conversación en el momento oportuno, evitando discusiones que no llegarán a una conciliación. Nada ganamos con aferrarnos para tratar de convencer a una persona que no quiere escuchar.

– Trata a cada persona según su peculiar forma de ser, lo cual se traduce en respeto.

– Rectifica cada que sea preciso tus opiniones o actitudes. Corregir los errores, pedir perdón o aclarar la equivocación en nuestro juicio, demuestra sencillez y rectitud de intención.

– Respeta las reglas o normas que imperan en los distintos lugares a los que asistes, a menos que afecten la integridad y la seguridad de cualquier persona.

Para la persona flexible no existen barreras en la comunicación y en las relaciones, su adaptación es tan natural que nunca parecerá extraño o distinto en los ambientes más diversos, sin exponer su persona a influencias negativas o poco recomendables.

Nuestra vida sería más sencilla si fuéramos conscientes de la riqueza que guarda cada persona, cada ambiente, cada nuevo conocimiento y experiencia, sin aferrarnos a nuestro propio juicio y opinión.