El enojo no es positivo cuando no lo controlas!! Es necesario:? “Sí”… Si es necesario pero que no te domine!
Archivo por meses: enero 2012
Obediencia…
La obediencia es una actitud responsable de colaboración y participación, importante para las buenas relaciones, la convivencia y el trabajo productivo. Una de las cosas que más trabajo nos cuestan es someter nuestra voluntad a la orden de otra persona. Vivimos en una época donde se rechaza cualquier forma de autoridad, así como las reglas o normas que todos debemos cumplir. La soberbia y el egoísmo nos hacen sentir autosuficientes, superiores, sin rendir nuestro juicio y voluntad ante otros pretextando la defensa de nuestra libertad.
Parece claro que el problema no radica en las personas que ejercen una autoridad, tampoco en las normas creadas para mantener el orden, la seguridad y la armonía entre las personas, esta dentro de nosotros mismos. Debemos evitar caer en el error de “sentir” que obedeciendo nos convertimos en seres inferiores y sumisos caracterizados por una libertad mutilada. Por el contrario, la obediencia nos lleva a practicar una libertad más plena, porque echamos por la borda el pesado lastre de la soberbia y la comodidad. ¿No son acaso una fuerte atadura e impedimento para obedecer cabalmente?
¿Por qué nos cuesta tanto trabajo obedecer? Razones puede haber muchas, tal vez la más común se da cuando no reconocemos la autoridad de la persona que manda, por considerarla inferior, inepta, molesta o necia; cada vez que la actividad a realizar es contraria a nuestro gusto y preferencia; porque catalogamos las cosas como poco importantes, o debemos hacer a un lado nuestra comodidad y descanso. Cualquiera que sea el caso el resultado es el mismo: un actuar mecánico y porque “no nos queda más remedio”, lo cual resta mérito a todo lo bueno que pudiéramos lograr.
No podemos negar que algunas ocasiones obedecemos gustosamente, pero lo hacemos por la simpatía que tenemos hacia quien lo pide, o definitivamente no nos cuesta trabajo cumplir con la encomienda. Entonces cabe preguntarnos si la obediencia en nosotros es un valor o es una postura que tomamos de acuerdo a las circunstancias.
Debe quedar claro, la obediencia no hace distinciones de personas y situaciones, para que sea realmente un valor, debe ir acompañada de nuestra voluntad de hacer las cosas, agregando nuestro ingenio y capacidad para obtener un resultado igual o mejor de lo esperado. Por tanto, el obedecer es un acto consciente, producto del razonamiento, discriminando todo sentimiento opuesto hacia las personas o actividades.
Esto nos lleva a considerar la manera en la que reaccionamos frente a las normas que exigen un cumplimiento: con facilidad desobedecemos las leyes de tránsito, buscamos la manera de simplificar cualquier tipo de trámites, cumplir con menos requisitos o no hacer fila para hacer un pago en la ventanilla correspondiente… no podemos pensar que el mundo debe girar alrededor de nuestros caprichos, sometiendo todo a la aprobación de nuestro juicio.
La obediencia requiere docilidad, traducida en seguir fielmente las indicaciones dadas. Si consideramos que algo no es correcto podemos expresar nuestro punto de vista, pero nunca hacer algo distinto o contrario a lo que se nos ha solicitado.
Además de ser dóciles debemos tener iniciativa, que consiste en poner de nuestra parte “lo que haga falta” para cumplir mejor con nuestra tarea. Muchas veces se manifiesta a través de los pequeños detalles: La portada y presentación final de un informe, limpiar y colocar perfectamente los muebles que cambiamos de lugar, acomodar en la alacena los víveres que compramos…
Ese toque personal y final que ponemos a las cosas complementa magníficamente nuestra obediencia, porque es una manera de identificarnos plenamente con el deseo de quien lo ha pedido, que en el fondo, es la esencia de obedecer.
En algunos casos y circunstancias, las personas que tienen autoridad pueden solicitar acciones contrarias a la dignidad de las personas y ajenas a los principios morales, como mentir, calumniar, robar… en estos y otros casos, no estamos obligados a obedecer porque nos convertimos en cómplices de acciones reprobables, de las cuales no nos gustaría ser los afectados.
Aunque el aprender a obedecer parece un valor a inculcar solamente en los niños, toda persona puede, y debe, procurar su desarrollo. Veamos algunos puntos que te ayudarán a cultivar mejor este valor:
– La obediencia no se determina por el afecto que puedas tener hacia la persona que manda, concéntrate en realizar de la tarea o cumplir el encargo que se te encomienda. Tu sentir en nada cambia el contenido de la orden.
– Ejecuta las peticiones u órdenes sin calificar si son de tu agrado o no.
– Toda encomienda es importante. Si es aparentemente simple, evita pensar que no corresponde “a tu categoría”. Si no cumples con las cosas pequeñas, jamás cumplirás con las cosas que consideras como “grandes”.
– No te quejes por los continuos encargos que recibes. Por una parte se tiene confianza en tu capacidad; por otra, ¿no crees que estás encubriendo tu pereza?
– Procura eliminar de tu persona esa visión mediocre de “sólo cumplir”. Ten iniciativa: termina las cosas al detalle dando un toque final a todo lo que hagas, es la diferencia entre obedecer y cumplir, y eso, es lo que hace un trabajo bien hecho.
La obediencia nos hace sencillos porque nos enfocamos en la tarea a realizar y no en criticar a las personas; generosos por la disponibilidad de tiempo, el interés y entusiasmo que ponemos al servicio de los demás, generando confianza al actuar responsablemente.
Podemos ver que la obediencia es una actitud responsable de colaboración y participación, dejando atrás el “hacer para cumplir”, que eso lo hace cualquiera, poner lo que esta de nuestra parte es lo que hace de la obediencia un valor, no sólo importante, sino necesario para las buenas relaciones, la convivencia y el trabajo productivo.
Paz y Bien para Todos.
¿Líder o anti-líder?
¿Líder o anti-líder?
Uno de los escenarios donde tenemos la oportunidad de construir shalom es donde pasamos gran parte de nuestro tiempo y nos relacionamos con otras personas; ese lugar es: nuestros trabajos.
Desde el principio Dios nos asignó trabajo, tal como vemos en Génesis/Bereshit 2:15: “El Eterno Dios tomó al hombre y lo colocó en el Jardín del Edén, para que lo trabajara y lo cuidara.”
Por lo tanto, el trabajo, contrario a lo que muchos creen, no es un castigo divino, es un mandato de Dios y como dice un refrán en mi país “el trabajo no es deshonra”.
Todos podemos ser líderes en nuestros trabajos, independientemente de la empresa para la que trabajes, del sueldo $$ que recibas, del cargo que ocupas (si eres gerente u obrero, empresario o empleado de una organización), del grado de poder que ejerzas, o aun si trabajas en casa como “gerente de hogar”, o si estás desempleado. Todos tenemos trabajo por hacer, aunque éste sea en la casa, y debemos desarrollarlo con ética profesional.
Todo trabajo honesto es importante a ojos del Eterno. Para Él no hay trabajo pequeño y aun cuando el trabajo que desempeñamos no es el que esperamos, debemos hacerlo con responsabilidad y agradecimiento, mientras buscamos el trabajo que queremos. Otro refrán dice: “Se feliz con lo que tienes mientras consigues lo que deseas”. Esto equivale a ser agradecidos, pero no a ser conformistas.
Dios es nuestro principal jefe, empleador y proveedor. Todo lo que tenemos se lo debemos a Él, entonces debemos ser buenos empleados, trabajando con valores.
Como escribió el sabio Salomón en Eclesiastés/Kohelet 9:10: “Cualquier tarea que venga por tu camino para hacer, hazla con toda tu fuerza, porque en el Sheol, adonde irás, no hay trabajo ni planes, conocimiento ni sabiduría”.
El psicólogo humanista Abraham Maslow hizo un estudio en varias personas auto-realizadas que fueron líderes en diferentes campos y encontró que tenían en común entre otras las siguientes características:
1. Armonizaban su misión con una buena vida familiar.
2.Solo tenían unos pocos familiares y amigos cercanos, más que un gran número de relaciones superficiales
3.Dedicaban tiempo y vida a su fe. Se cultivaban espiritualmente.
4.Dedicaban tiempo a la recreación y a aficiones culturales.
5.Tenían algún tipo de compromiso social con personas pobres o limitados
6.Eran amigos de estar en comunión con la naturaleza.
7.Tenían buen sentido de humor.
Les comparto un artículo que alguna vez socializamos en la universidad, del psicólogo José Luis Trechera Herreras, a fin de que en nuestros trabajos tengamos cuidado con asumir las “características del anti-líder”.
“DODECÁLOGO” DEL ANTILÍDER
Autor: José Luis Trechera Herreras.
Si preguntásemos ¿qué es un líder? Existirían tantas definiciones como personas a las que interpelásemos. Como afirma W. Benis, en cierto modo, “el liderazgo es como la belleza: difícil de definir pero fácil de reconocer si uno lo ve”.
Ya que no es fácil definir el liderazgo, sí podemos resaltar distintas variables sobre lo que NO debería ser un líder:
1. No desarrolles actitud de aprendizaje. No te formes. Sé fiel al eslogan de que “la vida es la que enseña”. Resalta con orgullo que el último libro que leíste fue la cartilla de lectura primaria.
2. Improvisa. No plantee ni te preocupes por conseguir objetivos. Fomenta un “estado de emergencia permanente”, ante una situación tan urgente es una deslealtad no colaborar.
3. No demuestres empatía o actitud de escucha. No pierdas el tiempo en “charlitas” y “tonterías” con tus subordinados. Hay que dejarse de “infantilismos” y trabajar con “espíritu viril”.
4. Haz trabajar a los sujetos individualmente. Ordena y manda. “Aquí no se piensa, se obedece”.
5. Rodéate de gente incapaz y mediocre. Así sobresaldrás más y no te cuestionarán nada.
6. No delegues. Controla todo. Tienes que estar omnipresente y que te vean como omnipotente. Hazte imprescindible. Crea la sensación de que, sin ti, vendría el caos.
7. No seas humilde. Apúntate los tantos. Ten claro el principio mateano: “A quien tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que no tiene”.
8. No promociones a tus subordinados. Crea un clima de desconfianza y miedo, así liberarán adrenalina y se mantendrán activos.
9. Aíslate en tu torre de marfil. No comuniques. La incertidumbre fomenta la creatividad.
10. Tarda en responder o, mejor, no respondas a los problemas. Si tiene solución, ya se arreglarán y si no, ¿para qué perder el tiempo?
11. Divide y vencerás, “chantajéalos individualmente” e intenta que se peleen entre ellos, de esa manera estarán entretenidos y no irán contra ti.
12. No dejes descendencia. No crees discípulos. Ten claro que “contigo acaba todo”.
Seamos líderes positivos, no anti-líderes movidos por el Ego.
A trabajar para Dios y construir Shalom…Que tengan una semana muy productiva!
Referencias bibliográficas:
El líder: visión, misión y acción. Autor: Gonzalo Gallo González.
Dodecálogo del anti-líder, Autor: José Luis Trechera Herreras
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Seamos líderes positivos, no anti-líderes movidos por el Ego.
A trabajar para Dios y construir Shalom…Que tengan una semana muy productiva!
Referencias bibliográficas:
El líder: visión, misión y acción. Autor: Gonzalo Gallo González.
Dodecálogo del anti-líder, Autor: José Luis Trechera Herreras
Perdón…
Los resentimientos nos impiden vivir plenamente sin saber que un simple acto del corazón puede cambiar nuestras vidas y de quienes nos rodean En los momentos que la amistad o la convivencia se rompen por cualquier causa, lo más común es la aparición de sentimientos negativos: la envidia, el rencor, el odio y el deseo de venganza, llevándonos a perder la tranquilidad y la paz interior. Al perder la paz y la serenidad, los que están a nuestro alrededor sufren las consecuencias de nuestro mal humor y la falta de comprensión. Al pasar por alto los detalles pequeños que nos incomodan, no se disminuye la alegría en el trato cotidiano en la familia, la escuela o la oficina.
Sin embargo, no debemos dejar que estos aspectos nos invadan, sino por el contrario, perdonar a quienes nos han ofendido, como un acto voluntario de disculpar interiormente las faltas que han cometido otros.
En ocasiones, estos sentimientos son provocados por acciones o actitudes de los demás, pero en muchas otras, nos sentimos heridos sin una razón concreta, por una pequeñez que ha lastimado nuestro amor propio.
La imaginación o el egoísmo pueden convertirse en causa de nuestros resentimientos:
– Cuando nos damos el lujo de interpretar la mirada o la sonrisa de los demás, naturalmente de manera negativa;
– Por una respuesta que recibimos con un tono de voz, a nuestro juicio indiferente o molesta;
– No recibir el favor que otros nos prestan, en la medida y con la calidad que nosotros habíamos supuesto;
– En el momento que a una persona que consideramos de “una categoría menor”, recibe un favor o una encomienda para lo cual nos considerábamos más aptos y consideramos injusta la acción.
Es evidente que al ser susceptibles, creamos un problema en nuestro interior, y tal vez enjuiciamos a quienes no tenían la intención de lastimarnos.
Para saber perdonar necesitamos:
– Evitar “interpretar” las actitudes.
– No hacer juicios sin antes de preguntarnos el “por qué” nos sentimos agredidos (así encontraremos la causa: imaginación, susceptibilidad, egoísmo).
– Si el malentendido surgió en nuestro interior solamente, no hay porque seguir lastimándonos: no hay que perdonar. Lamentamos bastante cuando descubrimos que no había motivo de disgusto… entonces nosotros debemos pedir perdón.
Si efectivamente hubo una causa real o no tenemos claro qué ocurrió:
– Tener disposición para aclarar o arreglar la situación.
– Pensar la manera de llegar a una solución.
– Buscar el momento más adecuado para platicarlo con calma y tranquilidad, sobre todo de nuestra parte.
– Escuchar con paciencia, buscando comprender los motivos que hubo.
– Exponer nuestras razones y llegar a un acuerdo.
– Olvidar en incidente y seguir como si nada hubiera pasado.
El Perdón enriquece al corazón porque le da mayor capacidad de amar; si perdonamos con prontitud y sinceramente, estamos en posibilidad de comprender las fallas de los demás, actuando generosamente en ayudar a que las corrijan.
Es necesario recordar que los sentimientos negativos de resentimiento, rencor, odio o venganza pueden ser mutuos debido a un malentendido, y es frecuente encontrar familia en donde se forma un verdadero torbellino de odios. Nosotros no perdonamos porque los otros no perdonan. Es necesario romper ese círculo vicioso comprendiendo que “Amor saca amor”. Una actitud valiente de perdón y humildad obtendrá lo que la venganza y el odio nunca pueden, y es lograr reestablecer la armonía.
Una sociedad, una familia o un individuo lleno de resentimientos impiden el desarrollo hacia una esfera más alta.
Perdonar es más sencillo de lo que parece, todo está en buscar la forma de mantener una convivencia sana, de la importancia que le damos a los demás como personas y de no dejarnos llevar por los sentimientos negativos.
Paz y Bien para todos…
Resp. 1071 – Virtudes y valores
F.G. FLORES nos consulta:
Buenas querido amigo Moré y amigos de FULVIDA. Mi pregunta es un tanto filsófica pero me ha llegado con base a algo que escuché. ¿Cuál es la diferencia entre el valor y la virtud y cómo podemos aplicar estos conceptos a la vida como constructores activos de Shalom?
Felipe G. Flores, 28, San José, Costa Rica.
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¿Tú te callas?
El salmista, inspirado por el espíritu de santidad, expresó:
"Yo dije: ‘Cuidaré mis caminos para no pecar con mi lengua. Guardaré mi boca con freno, en tanto que el impío esté frente a mí.’
Enmudecí, quedé en silencio; me callé aun respecto de lo bueno, pero mi dolor se agravó."
(Tehilim / Salmos 39:2-3)
Ah sí, quería guardar silencio para ser todavía más “santo”.
Ayunar de palabras, para no cometer errores.
¡Qué bella intención! De verdad que sí…
Pero cuan corto alcance…, tan lejano a lo que debe hacer una persona en su plenitud.
Pretendía silenciar su voz, para no dar al malvado motivo de burla.
Con su silencio quería resguardarse de las críticas y afrentas del perverso.
Si no exponía su situación, si no manifestaba sus ideas, esperaba estar a salvo de la malicia del rufián.
¡Cuánto temor conduciendo al extravío!
De tanta precaución exagerada, de tanta acción provocada por el miedo, de tanta restricción en lo permitido, el buen hombre no supo, no pudo, no se animó a decir lo que tenía que decir.
Cuando estaba ante lo bueno, tampoco habló.
Era mudo, era como polvo.
Sin voz, sin expresión, sin comunicación, sin autenticidad.
Por huir a causa del miedo, también perdió la senda de lo bueno.
Entonces, el remedio fue peor que la enfermedad.
Los dolores se agrandaron, el pesar tomó más territorio, la Luz sagrada se ocultó todavía más.
No, el callar no es la solución cuando se debe de hablar.
El ser mudo no reemplaza a la Comunicación Auténtica.
El pretender ser más pío por restringirse en lo permitido, termina acarreando oscuridades y sombras en vez de radiar luz sagrada.
Tienes la boca para hablar, también para callar.
Cada cosa a su tiempo debido.
Como el hijo del salmista sabiamente dijo:
"tiempo de romper y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar;
tiempo de amar y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra y tiempo de paz."
(Kohelet / Predicador 3:7-8)
El silencio es bueno, pero también la palabra certera.
La prudencia al hablar, bienvenida, pero la exageración debe ser evitada.
Tenlo presente en cada momento de tu vida, contigo, con tu prójimo, con el extraño, cuando rezas.
Pero también tenlo en cuenta a la hora que das excusas, más o menos coherentes, para no exponer tus creencias, tu identidad espiritual.
Conozco muchos noájidas que prefieren no hablar de noajismo con su familia o conocidos, con la excusa de no ser “proselitistas”, y me achacan a mí la petición de no serlo.
En realidad, es bueno ser proselitista, alentar el noajismo, difundirlo, darlo a conocer, pero NO con las técnicas de terror de los misioneros.
Por supuesto que es necesario que el noájida hable de noajismo, lo presente a su familia, le quite el velo de misterio, sea activo en la difusión. Es parte del ser noájida.
No vale callar, con la excusa de que el otro está preso del EGO, de la religión.
No sirve justificarse diciendo que el otro se reirá, maldecirá o vaya uno a saber qué.
Tampoco cuenta que dices no querer parecer misionero, te aseguro que si te respetas y respetas al prójimo no estarás en la senda del misionero.
Ni que menciones que has fracasado antes y tienes miedo de volver a hacerlo.
Ni que te sientes impotente ante el fabuloso poder del imperio religioso, que mueve sus tentáculos por todos lados y tú apenas te tienes a ti y tu escaso poder (¿cuando te enteres que tienes un poder ilimitado, al asociarte con el Socio, entonces qué podrás argumentar para no hacer tu parte?).
Así pues, querido amigo, aprende de Comunicación Auténtica, aplícala.
Que hoy sea el día que más personas saben de noajismo gracias a ti.
No sea que tu silencio apague el bien que está a tu alrededor y dentro de ti.
No sea que te conviertas en mudo y no tengas luego la capacidad de agradecer, elogiar, rezar, mimar, hacer justicia.
La función del habla es sumamente poderosa, úsala para el bien.
Es tiempo de hablar.
Es tiempo de destruir lo viejo y terrible, para dar paso a la construcción de shalom.
Ve y dile a los que quieres cuánto los quieres. Sí, el amor son hechos, es la conducta, lo que haces generosamente por el otro, pero las palabras tienen su importancia.
Ve y abraza con arrullos verbales a tu familia.
Elogia a tus amigos, con sinceridad, con autenticidad.
Deja de lado los insultos, las quejas, la criticonería, la pesadez, el EGO. Eso mándalo al mundo del silencio.
Pero habla lo que tienes para hablar.
¿Tú te callas?
Luz original en tu interior, estudio cabalístico
El espíritu de santidad invistió al salmista cuando expresó:
"Los que amáis al Eterno, aborreced el mal. Él guarda la vida de sus fieles; los libra de manos de los impíos.
La luz está sembrada para el justo, la alegría para los rectos de corazón.
Alegraos, oh justos, en el Eterno; celebrad la memoria de su santidad."
(Tehilim / Salmos 97:10-12)
Al respecto, en el Zohar encontramos:
“R. Isaac dijo: La radiación que Dios produjo en el tiempo de la Creación iluminó al mundo de un confín al otro, pero fue retirada para que los pecadores del mundo no la gozaran, y se halla atesorada para el justo, es decir, para el Tzadik, como está escrito: “La luz es sembrada para el Tzadik”; entonces los mundos se hallarán firmemente establecidos y formarán un todo único, pero hasta que emerja el mundo futuro esta luz permanece oculta y almacenada. Esta luz salió de la oscuridad que fue tallada por los golpes del Más Recóndito; y de manera similar, de esa que fue almacenada fue tallada por algún proceso oculto la oscuridad del mundo inferior en la que reside la luz. Esta oscuridad inferior es llamada “noche” en el versículo: “Y a la oscuridad llamó noche””.
(Zohar, Bereshit 56)
La Luz está sembrada para cada uno, pero solamente los justos pueden gozar de ella.
La Luz es nuestra esencia espiritual, nuestra conexión sagrada con el Eterno, nuestra identidad perenne.
Pero está oculta.
Se encuentra debajo de máscaras y cáscaras que nos han ido poniendo o hemos ido asumiendo.
Allí permanece, intacta, eterna, perfecta, irradiando su perfección original, pero no la podemos gozar, puesto que está oculta por nuestras acciones, creencias, pensamientos, palabras, emociones.
Como la Luz no alcanza a alumbrar nuestra vida, es que no contamos con la dicha sincera y pura.
Podemos tener momentos de alegría, pero generalmente pasajera. Nos alegramos con trofeos, algún triunfo material, de esos que manifiestan nuestro poder y nos apartan del temor a la impotencia.
Pero, el gozo verdadero, esa dicha reservada para los rectos de corazón, pareciera como si estuviera lejos.
Es necesario hacer el trabajo de unificar nuestra multidimensionalidad.
Establecer nuestros mundos, nuestras dimensiones, para formar un todo unificado, un atisbo de mundo venidero.
Porque en ese mundo venidero interior está reservada la Luz, el goce de la bendición constante que resplandece sobre nosotros.
Es que, los pecadores, los que se extravían de la ruta prefijada por el Eterno, tienen imposibilitado el gozo esencial.
Todos somos pecadores, no hay uno que sea perfecto y esté libre.
Porque el pecado no es una acción inmoral, no es una falta grave, no es un corte con Dios, no implica un infierno terrible, sino sencillamente el apartarse de nuestra esencia, aferrarnos a fantasías de Yoes Vividos como si fueran la realidad, como si fueran nuestra auténtica identidad.
Por supuesto que no existe un pecado original del que no somos responsables pero se nos echan todas las culpas.
¡No! Eso es parte de un mito que la idolatría usa para someter a la gente.
No estamos hablando de pecados originales, ni de abismos infranqueables, ni de desconexión permanente con Dios.
Estamos hablando de vivir en estado transitorio, como personajes en una obra de teatro, como sombras, en lugar de ser integrados, unificados, constructores de Shalom.
Al encontrar la armonía en nuestro ser, al construir shalom interna, estamos alcanzando la redención, la Era Mesiánica personal, que asemeja a la era universal de Shalom.
Pero, en tanto no armonicemos nuestra multidimensionalidad, permanecemos en noche, en caos, en confusión, en mezclas de sombras y algunos rayos difusos de luz.
Emprendamos el camino de la unificación, de la integración.
Amemos al Eterno, ¿cómo? Cada cual cumpliendo aquellos mandamientos que Él ha dispuesto para cada uno.
Seamos leales a nuestra esencia espiritual, si somos judíos a través del judaísmo, si somos gentiles a través del noajismo.
Seamos buenos, amemos al prójimo sinceramente, generosamente, sin esperar NADA a cambio.
Seamos justos, promoviendo el acercamiento, el orden, los valores éticos.
Tal es lo que aprendemos que expresa el salmista a través de su inspirada meditación, lo que cotejamos en el conocimiento cabalístico del Zohar.
Como una y otra vez venimos pregonando, invariablemente, desde hace años: construir shalom, siendo buenos, justos y leales.
La Luz del Eterno, la Luz de Vida que da nombre a nuestra Fundación y Hogar, es la que está allí, oculta, dentro de ti, en cada uno.
¿Quieres disfrutar de ella o permanecer en las sombras, en la noche?
Paciencia…
Si nuestra época pudiera tener un nombre se llamaría “prisa”. ¿Cómo esperamos que nuestra vida tenga más cordura y sea más amable a los demás si todo lo queremos “ya”? Nuestra vida se desenvuelve a un ritmo vertiginoso: demasiada prisa para hacer, para llegar, para resolver asuntos personales y del trabajo, fricciones que surgen cada día con las personas, citas urgentes. Si nuestra época pudiera tener un nombre se llamaría “prisa”. Por eso es necesario hacer un alto en el camino y reflexionar un poco sobre el valor de la paciencia, para no dejarnos abrumar y tampoco seguir esa carrera loca que va a toda marcha. ¿Cómo esperamos que nuestra vida tenga más cordura y sea más amable a los demás si todo lo queremos “ya”?
La paciencia es el valor que hace a las personas tolerar, comprender, padecer y soportar los contratiempos y las adversidades con fortaleza, sin lamentarse; moderando sus palabras y su conducta para actuar de manera acorde a cada situación.
Al encontrarnos con personas que a nuestro juicio siempre son molestas, inoportunas o “lentas”, podemos caer en el error de fingir una actitud paciente, es decir, dar la apariencia de escuchar sin alterarse ni expresar emoción, buscando escapar de la situación lo más rápido posible dando respuestas breves y un tanto cortantes, eso sí, procurando que no se den cuenta para no herir los sentimientos; a esto se le llama indiferencia, insensibilidad ante el estado de ánimo de los demás.
Uno de los grandes obstáculos que impiden el desarrollo de la paciencia, es, curiosamente, la impaciencia de esperar resultados a corto plazo, sin detenerse a considerar las posibilidades reales de éxito, el tiempo y esfuerzo requeridos para alcanzar el fin:
– El hacerse de demasiadas actividades produce ansiedad y prisa, quedando un amargo sabor de boca y mal humor por no terminar todo lo que hemos iniciado. En pocas palabras, debe haber moderación, ser conscientes de nuestros alcances para evitar contraer demasiados compromisos que posiblemente no podamos cumplir.
– Otro ejemplo clásico se da en el ámbito laboral con el personal de reciente contratación, su curriculum y proceso de selección muestran los conocimientos y capacidad necesarios para desempeñar el puesto, sin embargo, cada labor específica requiere de un proceso de adaptación a las políticas, modalidades, normas y estilos del centro de trabajo; no se puede descartar a una persona a las dos semanas de iniciar su desempeño por no lograr una rápida adaptación.
– El ahorrar puede ser un forma de medir nuestra paciencia, no importan las cantidades ni la frecuencia con que se acumulen , la constancia nos llevará a reunir la suma necesaria para adquirir el auto, el juguete o realizar ese viaje que tanto hemos soñado. Si quitamos la vista del objetivo, terminaremos por gastar lo poco que hemos reunido, y nuestra meta será cada vez más lejana e inalcanzable.
– Aunque en tono irónico se dice que son los hijos quienes nos proporcionan una fuente inagotable de paciencia, no deja de ser verdadero en cierta forma. La impaciencia que manifiestan los padres, en gran parte se debe al querer que los hijos razonen y actúen como adultos, “¿es qué no piensas?”, “te dije que lo hicieras así…”, son algunas de las más comunes frases empleadas por los padres en su desesperación. No debemos olvidar que la madurez se da con el tiempo, la experiencia y la formación que reciben los hijos. Claro está que hay chicos que son más traviesos, el reto es tener la habilidad para educarlos pacientemente y de la mejor manera posible.
Existen otros retos no menos importantes para el desarrollo de la paciencia, que se refieren específicamente al hecho de soportar y tolerar las contrariedades inesperadas; por ejemplo:
– Soportar las molestias del clima a través del arduo trayecto a la oficina y la escuela, con cientos de autos circulando a nuestro alrededor. – Ser tolerantes al realizar tareas con otros, ante su falta de destreza, conocimiento o pericia para realizar las cosas. Se da con el trabajador que no ha entendido como presentar un informe, con la empleada del hogar que no sabe como deseamos que limpie la casa, con los hijos que no entienden las matemáticas… La paciencia debe llevarnos a enseñar la manera de hacer las cosas, al ofuscarnos los resultados suelen ser totalmente contrarios a nuestros deseos.
– La predisposición que tenemos al acudir a aquel lugar donde “siempre me hacen perder el tiempo”. ¿Por qué disgustarnos innecesariamente?, lleva una revista o un libro para ocupar tu tiempo mientras haces fila en una ventanilla o en la sala de espera del consultorio.
– Mostrar “buena cara” cada que nuestro jefe o compañero de trabajo, nos pide que le hagamos el mismo favor de siempre. En vez de mostrar impaciencia y hacer las cosas de mala gana, lo más sano es contar con esa actividad como si fuera fija, dentro de nuestro tiempo y quehaceres, sólo así podremos realizarla gustosamente.
Nada ganamos con la desesperación, antes de reaccionar debemos darnos tiempo para escuchar, razonar y en su momento actuar o emitir nuestra opinión.
La paciencia siempre tendrá sus recompensas: mantener y mejorar las relaciones con la pareja y los hijos, los compañeros de trabajo (incluyendo jefes y subordinados); tener amistades duraderas; obtener los resultados deseados en aquella labor a la que hemos dedicado mucho tiempo y esfuerzo
La persona que vive el valor de la paciencia, posee la sensibilidad para afrontar las contrariedades conservando la calma y el equilibrio interior, logrando comprender mejor la naturaleza de las circunstancias generando paz y armonía a su alrededor.
Paz y Bien para Todos.
Tu tefilá diaria
Dijo el inspirado salmista:
"Para Ti el silencio es alabanza, oh Elokim, en Tzión [Sion]; a Ti serán pagados los votos.
Tú oyes la tefilá –oración-; a Ti acudirá todo ser."
(Tehilim / Salmos 65:2-3)
Sí querido amigo, el silencio es alabanza para el Eterno, porque el que mucho abunda en referirse a Él, termina blasfemando (expresa Rashi in situ, apoyado en fuentes más antiguas).
Silencia tu jerga, concéntrate en hallar ese delicado hilo sagrado que te une permanentemente con Él.
No rebusques en palabrería, no trates de inventar rituales, no demandes entre clamores aberrantes, sino simple y sinceramente conéctate con Él.
Cada día, no solamente cuando estés en problemas o quieras un favor.
Conversa, desde lo más íntimo de tu ser.
Conéctate con Él, porque también así te conectas contigo.
Hasta el silencio más callado Él escucha y comprende.
Él atiene a todo ser, no solamente a los que se hacen llamar consagrados o líderes.
Él no precisa de ceremonias, ni de rituales, ni de fanfarrias, ni de que te aprendas palabras oscuras en idiomas extraños.
Con sencillez, con el corazón despojado de soberbia, conversa con Él.
Es cierto, los judíos tienen un manual de rezos que está codificado y es mandado orar tres veces diarias, en días regulares.
Pero eso no es lo único, ni todo lo que es el rezo o plegaria.
Es solamente una parte, quizás la menos sustancial.
Todos, judíos o gentiles, mujeres u hombres, grandes o pequeños, ricos o pobres, sabios o menos sabios, enfermos o sanos, todos estamos cada día en condiciones de establecer ese vínculo sagrado, de reforzar nuestra identidad espiritual a través del silencio profundo, de las palabras suaves, del clamor que sale del corazón y no golpea los oídos.
Enfócate en Sión, el centro de tu ser, el lugar donde reposa la divinidad, la Shejiná, el Templo interior, tu espíritu puro.
Que el silencio retumbe y llene los espacios, que ahuyente las sombras, que espante al EGO, que someta a los temores, que te eleve, que te unifique, que te sintonice con el universo.
Haz tu plegaria, tu oración, tu rezo, hazlo con sinceridad, eso es lo que cuenta.
Y no dejes de dar caridad, de ayudar al prójimo necesitado, de colaborar con los que fomentan la construcción de Shalom: paga tus votos a tiempo. Porque así estarás haciendo una parte de tu tarea, de tu sociedad con Dios.
Pruébalo, saboréalo, luego me cuentas.