El verdadero premio

En uno de mis viajes al trabajo escuchando una clase del Rav Nisso Palti aprendí una hermosa enseñanza que quiero compartir con ustedes apreciados amigos.

Trataré con mis pocas dotes de escritor con el ejemplo que daré a continuación, darlo a expresar:

Cuando enseñamos a nuestros hijos a comer sus alimentos, específicamente aquellas (no tan) seductoras verduras, las apreciadas lentejas que con suerte aprendimos a condimentar como nuestra abuela  o inclusive aquellos frijoles (porotos para mis compatriotas) que basta con cocerlos para poder aplicarlos a diversos platos, en más de alguna ocasión habrán utilizado la ingeniosa estrategia de ofrecerles luego de servirse su no tan vistoso plato, su premio sería un delicioso helado, flan o cualquier tipo postre rico en azúcares.

Ves como las ansias por probar ese atractivo postre llegan a hacer brillar sus pequeñitos ojos y mientras en menos tiempo termine sus legumbres tendrá el placer de tener en su paladar esos grandiosos sabores que hasta a uno mismo le dan ganas de  adentrarte en el gran placer de tenerlo en tu paladar. Luego el niño termina su plato y reclama su premio, el helado que se ha ganado luego de pasar por el “terrible martirio” de tener que comerse sus verduras y/o legumbres. Entonces, disfruta su recompensa y sin darse cuenta ya ha terminado su ciclo de alimentación por esta vez, esperando a mañana volver a tener la misma oportunidad de saborear alguna otra delicia igual o mejor.

Sin embargo, nos surge la siguiente pregunta:

¿Cuál fue su verdadero premio?

Muchos se sabe de los tantos azúcares o ingredientes (que para el simple consumidor quizá son desconocidos) que traen estos tipos de “alimentos” y que el exceso de su consumo puede traer diversos problemas a la salud, partiendo de una simple caries a un leve sobrepeso, algún tipo de diabetes o en casos más extremos hasta la misma muerte. Mientras que las marginadas verduras, las poco sugestivas legumbres o inclusive las mismas frutas que muchas veces al abrir el refrigerador pasan desapercibidas a nuestros ojos, bajo su correcta manipulación (cocido, lavado, enjuagado o centrifugado) son el verdadero alimento, de ese trae que las vitaminas y/o nutrientes necesarios para el correcto funcionamiento de nuestro organismo y así poder llevar una vida normal y mucho más sana.

En numerosas ocasiones nos comportamos como aquel niño que, en su inmadurez o desconocimiento del asunto, siente que el verdadero premio es aquel dulce o postre mientras que el verdadero premio, lo que realmente necesita, son aquellos nutrientes que la correcta alimentación le brinda. Sí, nos comportamos de igual forma y diversos planos, no tan solo en nuestra alimentación.

La Verdadera Bendición

Generalmente se nos enseña el bien y comportarse como D´s nos ordene o recomiende, nos traerá bendición, ya sea en este mundo o en el mundo por venir, en el paraíso, con no sé cuántas vírgenes o simplemente en algún momento que las fuerzas del universo se unan para darnos la recompensa que merecemos por hacer lo correcto en pos de él. Pero… ¿Será esa la bendición?

Pues la respuesta es simple pero a la vez profunda y es que no lo es. Claro que es maravillosa la idea de que al hacer el bien y lo correcto podemos recibir una recompensa, pero el punto es que la verdadera bendición va más allá del premio, más allá del sabor inmediato de aquel postre rico en calorías, mucho más allá de que luego de haber elevado una plegaria a Di´s tuvimos aquella respuesta de trabajo que necesitábamos o aquella solución que por mucho tiempo no encontramos, más allá de que luego que dimos aquella oportunidad de trabajo, aquella persona sacó adelante a la empresa y muchísimo más allá de que luego de haber dado Tzedaká sentimos habernos ganado hasta el mismo Gran Eden.

Si obramos y hacemos lo correcto, si nos decidimos a construir y dejamos de destruir, si optamos por ayudar a aquel amigo/a que está inmerso en algún problema o peor en la idolatría, si elegimos callar ante nuestra esposa cuando estemos enojados porque no actuó según nuestras expectativas, si preferimos enseñar de buena manera a nuestros hijos con paciencia y amor, Etc… solo por saborear el “dulce” sabor de la recompensa, probablemente nos encontremos mal enfocados. Y es que no deja de ser egoísta, no termina de tratarse solo de nosotros y eso, en un nivel más profundo, se llama idolatría.

La bendición, amigos, está en aquella oportunidad que supimos aprovechar, si, en aquel momento que nos decidimos con claridad a disfrutar de nuestro nutritivo plato, quizás un poco desabrido o descolorido y que a pesar de que la “bendición” no se siente en el mismo instante, sabemos que este momento, el de cuidar el cuerpo que Dios nos ha permitido tener hasta este día,  de no arruinar tu matrimonio quizá por un arranque de ira, de darnos el tiempo que un hijo puede necesitar para aprender, de haberle dado trabajo e inclusive dignidad a aquel futuro “Steve Jobs”,  es una oportunidad única.

Entonces, luego de que entendemos esto, lo que venga después puede ser tomado como una consecuencia, secuela o resultado. Y si éste resulta exitoso o placentero, ¡bien! Pero debemos de darnos cuenta que cada momento es inigualable. Y mientras estamos optando por hacer lo correcto, debemos disfrutarlo de igual forma o mucho más que aquel “delicioso postre” que (quizá) podremos alcanzar a saborear.

 

Eso es una parte de lo que aprendí, entre otras cosas a las que también se refiere.

No sé si dar el link de la clase, si gustan se los puedo compartir.

Que sea de bendición para ustedes.

Agradezco la oportunidad de poder formar parte de este  hogar.

Un abrazo,

Daniel

6 pensamientos en “El verdadero premio”

  1. gracias daniel.
    sabe una cosa, cuando se le enseña al niño a «negociar» de esa manera, si haces lo correcto te doy un premio , q por lo gral no es saludable, se le fomenta la conducta EGO…
    la verdadera enseñanza es q haga las cosas pq es bueno hacerlas, el premio esta en el hacer no en lo q se «negocia»…
    en cuanto al resto, de su interesante post, q opinan los compañeros?

  2. Exactamente, concuerdo con todo lo dicho. A nosotros nuestra madre nos enseñó a comer las legumbres y verduras porque alimentaban, se sentaba por horas a explicarnos cómo eran absorbidas por el cuerpo y cómo esos nutrientes nos mantenian sanos. Hasta el día de hoy sigo comiendo legumbres, verduras y frutas y me encantan, claro, como dice Daniel, hay que cocerlas bien y no lastima saberse un par de recetas de la abuela :)

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