El fracaso de Amán

Amán, el perverso amalecita del relato de Ester (en el Tanaj), llegó a tenerlo todo y a no tener nada al mismo tiempo.
Era poderoso, adinerado, con influencias, afamado, respetado, temido, seguido, mantenía una interesante relación conyugal, sus hijos eran fuente de satisfacción para él, nada material le faltaba, y sin embargo era pobre, miserable, amargado, sufrido. Poderoso pero hundido en la impotencia.
¿Quizás, porque él estaba disfrazado de poder, cuando en esencia era un débil y menesteroso?

Queda retratado en breves palabras:

"Aquel día Amán salió alegre y contento de corazón. Pero cuando Amán vio a Mordejai [Mardoqueo] en la puerta real, y que no se levantaba ni temblaba delante de él, se llenó de ira contra Mordejai."
(Ester / Esther 5:9)

Sí, era esclavo de su EGO.
Éste le hacía sentir impotencia, cuando materialmente era sumamente poderoso.
Éste le llevaba a odiar, a envolverse en deseos nefastos, pensamientos malignos, intentos macabros, en vez de admitir, de fluir, de agradecer, de construir shalom.
Por ello Amán estaba “destinado” al fracaso, porque dentro de sí cargaba la semilla oscura que él regaba, cuidaba, alentaba hasta que diera sus frutos dolorosos.
Un fruto de muerte, para quien lo carga y para su entorno.

Las enseñanzas del relato de Ester son variadas, en múltiples niveles, y ésta es una que no debemos dejar pasar.
La fortuna, la riqueza, el poderío material, puede perderse de un instante al siguiente, incluso si uno sigue siendo adinerado y lleno de posesiones. Puesto que el verdadero poder se mide en la capacidad para sobreponernos a la celdita mental en la que nos encierra el EGO.

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