La dieta

Hoy estoy en mi segundo día de dieta.
¡Qué sufrimiento!
Veo pasar toda esa rica comida, esos postres, ese sabroso guiso que con tanto cariño preparó mi esposa… incluso por la noche sueño con comida… pasteles, chocolates, pollito y milanesas.
¡Por la mañana, es como si el mundo estuviera confabulado en mi contra!

Todos hablan de comida, todos mastican, todos muestran magras figuras deportivas mientras degluten con pasión eso tan engordante.
Y yo me veo al espejo, y encuentro grasa; subo un par de escalones y resuello como si fuera mi último aliento; me pesa la vida… casi, casi…
A media mañana me cruje el estómago, me reclama para que le preste atención, pero mi dieta es tan estricta… aunque, ¿qué pasaría si me comiera un bizcochito? Son poquitos gramos de masa, un poquito de dulce de leche, sólo un poquito de crema pastelera… ¡eso no engorda a nadie!
Pero, me aguanto… es recién mi segundo día de dieta… y en verdad ayer no la respete tal cual debiera.
Y llega el mediodía, un potecito de sopita de verduritas, un caldito poco rico en calorías y sabor.
Y me queda tanto por delante…
Ya no sé qué hacer, ¿vale la pena este esfuerzo?
Está bien, yo sé que estoy con riesgo de infarto al corazón, que me pesa cada paso, que tengo problemas intestinales y mi auto-imagen es bastante pobre, pero, ¿no seré más feliz rodeado por mi amada comidita?
Tú qué opinas… ¿me das tu apoyo para que quiebre esta tediosa dieta?
Aunque sea susúrrame un tenue «sí», dame esa mano que te pido, quiero comer… siento que me muero si no como, y muero si como…
Dame una pista, no me dejes caer en tentación…

Hasta aquí mi bitácora de problemas alimentarios, ahora te planteo mi duda.
¿Sabes cómo relacionar esto con la correcta vida del noájida?
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