Ajarei mot 5774

Publicado originalmente en SERJUDIO.com.

Unas semanas atrás, en la parashá Sheminí (Vaikrá/Levítico 10) habíamos leído acerca de la accidental muerte de Nadav y Abihu, hijos de Aarón haCohen, cuando elevaron en el santuario una ofrenda de incienso que no había sido requerida por el Eterno. 
Hay un antiguo dicho, de autor y origen desconocido, que viene al caso: “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.
Por favor, no lo tomemos literalmente, sino como lo que es, una metáfora, una inteligente reflexión que nos enseña que, la acción basada solo en buenas intenciones pero falta del conocimiento adecuado, acostumbra a producir consecuencias inesperadas e indeseadas.
Por su parte, nuestra sabia Tradición acuñó hace muchos siglos la frase: “sof maasé vemajashabá tejilá” – “la finalidad es la acción, pero antes el pensamiento”, que la cantamos alegremente cada viernes en el Lejá Dodí del Kabalat Shabat.
Sí, la acción es imprescindible, pero acompañada por el sano juicio, la evaluación, el estudio, el conocimiento apropiado que lo antecede y hace del acto un promotor de bienestar y no lo contrario.

Pero, muchas veces nos dejamos llevar por las impresiones, las creencias, las suposiciones, la buena onda, los mandatos que suenan inspiradores, los arrebatos pasionales, el qué dirán, manejos políticamente correctos, el deseo de que las cosas salgan bien, sin ejercer un verdadero acto de pensamiento reforzado por conocimiento. Entonces, en vez de abrir los ojos, corazón y mente, podemos cegarnos detrás de ideas sin fundamento, dejarnos llevar a zonas oscuras y así resultar perjudicados.
Como ocurrió exactamente con los jóvenes sacerdotes que no pretendían ofender al Eterno, ni asumir roles impropios, por el contrario, ellos estaban motivados por un ardiente deseo “religioso”, tan incandescente que al final concluyó en la tragedia que los incineró.

¿Qué hubiera sido mejor?
Tal vez, al sentir esa pasión, esa necesidad, ellos pudieran haberse darse cuenta de la buena intención para cotejarla con la sabiduría, evaluarla con calma y conocimiento, no apurarse en hacer lo que parecía sino actuar de acuerdo a una decisión calculada.
No siempre hacemos así. A veces porque no nos damos cuenta, otras porque suponemos que no tenemos el tiempo, otras porque confundimos creer-querer con pensar, y nos quedamos con las acciones motivadas solo por buenas intenciones.

Pero, que el tanto cavilar no impida llegar a una determinación, que la acción no se vea siempre obstaculizada por una evaluación demasiado precavida.
En palabras del sabio: "El que observa el viento no sembrará, y el que se queda mirando las nubes no segará" (Kohelet / Predicador 11:4). Excusas para no hacer, siempre podemos encontrar o inventar. Miedos para paralizarnos, son fáciles de señalar. Es importante tampoco pasarse al otro extremo, aquel que de tanto procesar mentalmente las cuestiones buscando la perfección, deja de hacer lo que es necesario.

Te lo resumo en una fábula del genial Esopo:
Una mujer viuda tenía una gallina que ponía un huevo todos los días.
Le pareció que si le daba más cebada pondría dos huevos, así que aumentó su ración.
Pero la gallina engordó y ya no pudo ni poner una vez al día.

Si la señora hubiera tenido conocimiento, ¿qué hubiera hecho?
¿Es tiempo perdido aquel que usamos para adquirir conocimientos apropiados?
¿Redunda en beneficio si nos detenemos el tiempo necesario para evaluar correctamente antes de actuar?
¿Cuándo sería el momento para dejar de pensar y pasar a la acción?

En nuestra parashá, para que una tragedia similar a la de los hijos de Aarón no ocurriera nuevamente y para que los servicios rituales continuaran realizándose, es que encontramos reglas precisas de conducta en el Templo. Por ejemplo, solamente el cohén gadol (sumo sacerdote, o primer ministro) podía ingresar al Kodesh haKodashim –Santo de los Santos-, el lugar más sagrado del Templo, un día al año, en Iom Kipur, para ofrendar el ketoret –incienso-ante el Eterno. Debía ir preparado física, emocional, mental y espiritualmente, enfocado en el encuentro sagrado, sin permitir la más mínima distracción.
Por supuesto que hay numerosas reglas de conducta en toda la Torá y es un sello distintivo del judaísmo tradicional, porque en buena medida este marco brinda seguridad al mismo tiempo que deja espacio para el disfrute.

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