Un pequeño pensamiento

Al observar un alba o un ocaso, y estando uno plenamente consciente de que se es un elemento más del reino animal y material , se revela el eterno conflicto en el que estamos.

Observar, por ejemplo, un atardecer en una playa, se puede notar que todos los elementos se sincronizan de tal forma, que dan como resultado un panorama artístico. El sol, a miles de kilómetros terrestres, sincronizado en tiempo con los elementos terrícolas, y todo formando un espectacular horizonte. Las olas, los colores, las luces, el agua… pero…

¿Cuál es el papel del observador en esa sincronización de elementos tan perfecta? ¿Cuál es el papel del observador en tan majestuoso orden? ¿Tenemos algún rol en ese compás ordenado, o algún papel que cumplir para que el orden se dé?

Algunos religiosos pensaran en las maravillas de dios, como separados de los elementos y simples observadores del espectáculo que acaban de ver, y con esa idea podrán dormir tranquilos hoy.

Por otro lado, en otros, las ideas y la conciencia nos traicionaran, e imaginaremos si estando parados en otros astros, el sol por ejemplo, podrá la Tierra crear en el astro rey un espectáculo igual. ¿Podrá la Tierra crear en el Sol un espectacular fenómeno como el que acabamos de ver en la playa? Es decir, ¿podrá darse algo a la inversa?

Y a todo esto, ¿Cuál es entonces nuestro rol en tanto orden? ¿Qué papel jugamos? ¿Por qué nadie no los dice, o ¿por qué no lo sabemos desde el mismo momento del nacimiento en nuestra programación biológica?

¿Por qué, si somos un elemento más del reino natural, no formamos parte de ella a la vez?

pensando en la playa

 

En definitiva, estamos en conflicto. En conflicto con la naturaleza y con nosotros mismos. Desconocemos completamente nuestra función, nuestro papel en la creación, en el reino natural, como se quiera ver.

Ese conflicto en el que estamos nos crea inconformidad. Queremos formar parte de todo, pero ya no podemos. Estamos separados. Intentamos mediante el orden social encontrar sentido a nuestra inconformidad del conflicto; pero lo que hacemos es que perdemos nuestra indentidad e individualidad para confundirnos en el rebaño.

Nos olvidamos de nuestro ser, para ser la etiqueta social impuesta, o la máscara del Yo Vivido experimentado hasta la fecha.

Pero, desnudos ante el imponente orden natural, somos escuálidos elementos pensantes, completamente desubicados en esa gran maquinaria ordenada con precisión espeluznante.

¿Cómo no entender al religioso que con su cuento de Hadas y su mensaje de salvación nos saca de esa realidad? ¿Cómo no comprender esa tendencia oscura en nosotros de desear ídolos a quienes con pasión obedecer y refundirse con ellos, para perdernos en la inconsciencia y así no sufrir con esa realidad?

Desde mi punto de vista, comprendo (y con cierto amor) al creyente y al religioso. No resulta sencillo aceptar que las personas estamos en serio conflicto con el reino natural y con nosotros mismos; y que estamos desubicados, desarmonizados, en caos.

De alguna forma tenemos que regresar a la armonía y al orden natural, pero sin perder nuestra identidad; sin sacrificar o anular nuestro YO, o sin perder la libertad que por derecho natural se nos garantiza.

Es decir, emprender nuestro “camino a casa”, si se me permite la metáfora, y unirnos con todo y con todos, sin perder nuestra individualidad entre las cosas y las masas. Que el sentido de nuestra existencia no sea especulativo sino real, para que al fin, estemos en armonía con el compás y la orquesta del universo.

Pero me despido acá; no sin antes recomendar el artículo El Mesías de tu Vida.

El MESÍAS de tu vida

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