Jasidei umot Haolam – Justos entre las naciones

El ingeniero Lansky (Félix Chivinsky), Polonia, noviembre de 1942 

El guetto Jizini, cercano a la ciudad de Varsovia, vivía sus últimos días. Diariamente los judíos eran sacados de sus casas y conducidos a la muerte. Al escucharse un golpe sobre la puerta de la casa de Yitzhak, situada en el guetto, se detuvo la respiración de las cuatro personas que se encontraban dentro. Yitzhak se acercó con pasos lentos hacia la puerta. Al abrir entró un desconocido, de alrededor de 40 años.

 -¿ Aquí vive la familia de Yitzhak Mistuchk? preguntó.

– Sí! respondió Yitzhak con dificultad. – Mi nombre es Lansky – y les traigo saludos de sus hijos.

Esther, la esposa de Yitzhak, se levantó muy conmocionada y preguntó: ¿dónde están?, ¿cómo están?, desde que se escaparon del guetto, hace un mes, no sabemos nada de ellos.

-Están bien, un amigo los trajo a mi casa en Varsovia y se esconden allí. Por pedido de ellos vine a llevarlos a ustedes también

– De repente sacó una cámara fotográfica, fotografió a Yitzhak a Esther, a su hija Javah y a su yerno Yaacov y les dijo: dentro de una semana les traeré falsos documentos y los sacaré del guetto por la noche. Adiós. Pero Lansky no alcanzó a llegar. A los tres días el guetto se llenó de soldados de la Gestapo y de campesinos polacos ebrios. Rápidamente sacaron a los judíos por la fuerza a la calle, los golpearon y los amontonaron a todos en un pequeño baldío cercado por alambre de púa. Los polacos los insultaban y se burlaban de ellos. Los pocos que intentaron escapar fueron capturados. Yitzhak y su familia sabían que sólo un milagro podría salvarlos.

Inmediatamente escucharon un llamado en polaco, dirigido a los campesinos.

– ¡Hermanos, vengan a beber, un varsoviano nos invita a beber vodka!

Los campesinos no esperaron una segunda invitación, corrieron hacia el lugar en donde se ofrecía la bebida acompañados, incluso, de algunos guardias alemanes. Yitzhak no supo por qué, pero tuvo la sensación de que el varsoviano era Lansky. Aprovechando el descuido, la familia decidió escapar. Regresaron y se escondieron nuevamente en el guetto. De lejos les llegaban las voces de los polacos borrachos que cantaban y reían. Al cabo de dos horas vieron que un hombre se les acercaba. Era Lansky, casi gritaron de alegría. Corrieron a su encuentro olvidando el peligro. Lansky los condujo a una calle lateral y de allí a campo abierto. En el cielo se vislumbraba la aurora. -Intentaremos llegar a Varsovia en el tren del mediodía; mientras tanto, nos ocultaremos en los campos. Al llegar al tren comprobaron que estaba repleto de soldados alemanes y que sería imposible subir. Al mismo tiempo temían escapar de allí. Fue entonces que Lansky los introdujo en el restaurante de la estación.

-Hoy se casa mi hija menor -y señaló a Javah y a su esposo, quisiera una habitación privada en donde poder festejar-

Pidieron comidas caras y permanecieron allí hasta altas horas de la noche. El miedo era grande, sabían que en cualquier momento podía abrirse la puerta y aparecer un soldado alemán. A las diez de la noche Lansky salió y al regresar comentó que había mermado el número de soldados.

-A las once pasa el tren a Varsovia. Le pagué a una mujer para distraer a los soldados en el momento en que el tren se detenga. Durante estos minutos subiremos al tren, no teman, caminen con seguridad y con tranquilidad. Finalmente llegaron a Varsovia muy tarde, caminaron en absoluto silencio por calles laterales y oscuras hasta llegar a una casa destruida. Nadie podía imaginar que esa casa estuviese habitada. Caminaron, subieron escaleras y se detuvieron frente a una puerta marrón. Lansky golpeó cuatro veces y luego abrió con una llave. La familia quedó perpleja al ver que detrás de esa puerta había una casa completa con dos habitaciones y cocina y que allí se ocultaban once judíos. Se saludaron y de inmediato arreglaron dónde dormiría cada uno.

-Dejen sus cosas, les quiero mostrar algo- dijo Lansky, quien los condujo nuevamente hacia las escaleras y de allí a su casa. Era difícil llamar a eso casa, todas las paredes estaban destruidas y en los muros exteriores había grandes agujeros, obstruidos, a su vez, por grandes tablones. Lo único íntegro en la casa era un horno de grandes dimensiones. Lansky golpeó la puerta del horno y al abrirse aparecieron dos cabezas de cabello negro: el hijo y la hija de Yitzhak y Esther.

El verdadero nombre de Lansky era Félix Chivinsky, de profesión ingeniero y miembro activo de la resistencia polaca. Además de los once judíos que escondía en su casa había ayudado a muchos otros a ocultarse en diferentes lugares de Varsovia. No sólo arriesgó su vida, sino también la de sus padres, en cuya casa ocultó a una familia completa. La vida dentro del escondite era difícil. Al no poder traer grandes cantidades de comida por temor a que los vecinos sospecharan, Lansky adquiría todo en pequeñas cantidades que iba dejando, durante el día, en diferentes lugares de la ciudad. Por la noche llevaba todo a la desmantelada casa. Otra preocupación que aquejaba a Lansky era que sus amigos de la clandestinidad no supieran dónde escondía a los judíos ni cuántos eran exactamente. Lansky no era un hombre rico, poco a poco, fue vendiendo lo que tenía para mantener a las personas que ocultaba. Dentro de la casa los judíos realizaban diversos trabajos. Confeccionaban redes de cabello y todo tipo de artículos de goma que después él vendía para poder comprar comida y carbón. Después de un tiempo los integrantes de la familia de Ytzhak enfermaron de tifus. No podían levantarse debido a la fiebre. Lansky cuidó de ellos, incluso trajo un médico y a pesar de las dificultades existentes para conseguir medicinas obtuvo medicamentos e inyecciones. De a poco, se fueron restableciendo, sólo Javah no se recuperó y murió. Allí permanecieron hasta el final de la segunda guerra. Veinticuatro de las veintiséis personas que ocultó se salvaron.

Muchas veces, a lo largo de los años de escondite, ellos le preguntaban ¿Por qué arriesga su vida por nosotros? Lansky reía y callaba. Solamente, una vez, al acercarse el final de la guerra, dijo: hice esto para salvar el honor de mi patria, para que se pueda decir que, por lo menos, hubo un polaco que se comportó como persona y no participó del crimen perpetrado contra los judíos.

Nota:

Las experiencias narradas en los cuentos son testimonios verídicos obtenidos por Yad Vashem, el Museo del Holocausto en Jerusalem a partir de relatos de sobrevivientes de la Shoah.

Pertenecen al libro Los Justos de las naciones del mundo (Jasidei umot haolam) de Guesher, de cuyo original en hebreo han sido traducidos por la Lic. Belkis Rogovsky. Este libro fue editado por el Departamento de Educación y Cultura para la Diáspora de la Agencia Judía para la colección “Cuadernos en hebreo fácil”, Jerusalem, 1971.

Los salvadores fueron personas simples, de diferentes nacionalidades, que cumplieron, aún a costa de sus propias vidas, con el versículo del libro de Levítico (19,18) donde dice: “QUERRÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO.”

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