Feliz Séptimo – Vaietze

Grandes enseñanzas éticas nos depara la sección de lectura de la Torá para esta semana.
Inmensos ejemplos de correcta conducta y pésimos ejemplos para NO seguir nos encontramos en sus condensadas e intensas líneas.
Pero como nuestro contacto debe ser breve, solamente te hablaré de un pequeño párrafo, de una frase que quizás pasa sin ser advertida.
El pérfido y astuto Labán anuncia:

"¿por qué me has robado mis dioses?"
(Bereshit / Génesis 31:30)

¿Lo puedes creer?
¿Entiendes lo que está diciendo este sujeto?
¡Alguien le puede robar sus dioses!
Menudos dioses son estos que ni siquiera se pueden defender de ser robados.

¿Tú creerías en tales deidades impotentes, incapaces de salvarse a sí mismas?
¿Tú harías algún sacrificio, por mínimo que fuera, para honrar a una deidad tan fracasada como estas que ni siquiera pueden escapar de ser raptadas?

¡Qué triste que haya tantos que se encadenan fuertemente a estos delirios peligrosos!
¡Qué dolor, que muchos muertan en el desierto del alma, por seguir detrás del rastro oscuro de la idolaría!
¡Qué pena que algunos avivados ganen millones de dolares promoviendo estas nocivas fantasías, y que se apoderen del alma y dinero de los pobres ingenuos que les siguen!

Como sabemos solamente existe un Dios, que es Uno y Único.
No hay dioses, solamente Él.
El resto de las divinidades son vanidades, fantasías en las mentes calenturientas de sus seguidores.
Valen lo mismo que la nada.
Su poder se limita al que sus creyentes le dan.
Son piedra, madera, metal, ideas, locuras, pérdida de tiempo y de vida.

Pero, tristemente sigue habiendo devotos de esas locuras.
De los 6.000.000.000 de habitantes que actualmente ocupan este mundo, la mayoría está ausente del Uno y Único. Lo desconocen o Lo rechazan.
Escogen ser seguidores de vanidades, esclavos de la podredumbre del alma; en vez de actuar como lo que son: "hijos de Dios". Escogen la miseria espiritual en vez del paraíso perpetuo.
De estos extraviados, de estos tristes esclavos espirituales, hay algunos que nos son cercanos, porque viven a nuestro lado o porque quizás tenemos familiares o amigos devotos de estas doctrinas tóxicas. Entre los vecinos, la mayoría creen en un dios trapecista, que desde una tortuosa cruz puede salvarlos… ¡ridículo pensamiento! Tal como el de Labán, que se aferra al poder de un dios, que ni siquiera tiene el poder de salvarse a sí mismo.
Genuflexos ante la mentira, se ponen tercos cuando se les ilumina la triste realidad de su fe vacía de salvación.
Se enojan, amenazan, bravuconean, golpean, despiden, maldicen, escupen, gritan, señalan… en fin, demuestran la bajeza de su alma, la pobreza de su fe…
Claman y vociferan porque los que somos fieles del Uno y Único "les robamos" sus dioses…
Se "los robamos", en lenguaje figurado, porque los quitamos de en medio, demostramos la nulidad de su poder, lo ridículo de creer en ellos.
Se "los robamos", porque sus dioses no tienen ninguna potestad ni poderío para defenderse.
Son trapecistas pecadores que denuncian una sola cosa: lo patético de la creencia en ellos.

Mi amigo noájida, compañera noájida.
Tu Dios no puede ser robado.
Nadie te puede quitar o quebrar tu lazo hermoso y de salvación que te une fuertemente a tu Padre celestial.
No hay persona, acción, crucificado trapecista, religión, secta, grupo o maldición que nuble tu abrazo con Dios, siempre y cuando actúes con fidelidad a Él.
La vida eterna es tu derecho, la salvación es tu herencia, ser hijo de Dios es tu identidad.
Vive para que no oscurezcas esto.
Vive de tal modo que jamás puedas ser tan tonto como para decir: "¿por qué me robas mis dioses?"

Mientras tanto, los que creen en el falso dios trapecista, se llamen como se llamen, llamen como llamen al trapecista, seguirán en la noche, en la sed espiritual, en el cáncer de su religión que los corroe y corrompe… 
Su diosito no tuvo ni tiene poder para salvar su vida, mucho menos para salvar a otro… recuérdalo y cuando te ofrezcan probar del veneno de su droga espiritual, mantente firme.

Te deseo que pases un féliz séptimo día, con plenitud, bendición y shalom

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