Uno hace la diferencia- Lic. Yehuda Ribco

Tema publicado con la autorización del More Yehuda Ribco
UNO HACE LA DIFERENCIA
Lic. Prof. Yehuda Ribco // Tammuz 22, 5763 – 22/7/2003
Tomado de la Parasha Bemidbar Matot (“Tribus”)
Este corresponde leer la parashá llamada Matot («Tribus») junto a Masei («Etapas»), que son la novena y la última del cuarto tomo de la Torá, el sefer Bemidbar, conocido en español como «Números».
El mundo es tan diverso, son tantas las actividades humanas, variadas líneas de conocimiento nos cruzan, innumerables son los campos de estudio y acción, que difícilmente podemos tener una perspectiva general de lo que está aconteciendo.
Hay guerras, epidemias, crisis económicas, golpes de Estado, fanatismo, terrorismo, películas de estreno, niños muertos por el hambre, frío, chismes de la farándula, vanidad, placer, vicios, desempleo, desastres naturales, odio racial, daños irreparables a la fauna, amistad, justicia, avaricia, ambición, actos caritativos, proyectos de ley, impuestos, estudio, bondad, corrupción, empleados deshonestos, trabajo, descubrimientos científicos, nuevas teorías, liderazgo, viejos recuerdos, lecciones que repasar, crímenes, solidaridad, pobreza, marginalidad, analfabetismo, desvergüenza, aprecio, sonrisas, idolatría, falsedad, matrimonios, convicción, esperanza, dolor, nacimientos, sepelios, afectos… tanto, tanto y tan diverso que está aconteciendo exactamente ahora en nuestro mundo, que es virtualmente imposible mantenerse al tanto de todo esto. Con tanto estímulo se hace difícil alcanzar la serenidad/sabiduría como para poder valorar debidamente las cosas y personas. Hay tantas cosas que llaman nuestra atención, que nos atraen, es tan variada la oferta, y tan tentadora. Parece tan poco el poder que el individuo tiene como para cambiar las cosas, o para guiarlas según el propio criterio. Por lo cual, a muchos les parece más cómodo y menos placentero dejarse arrastrar por las mareas, por las modas, por las ideas que van y vienen, por las tendencias del mercado, por la presión social, por «el qué dirán». Incluso no pocos sienten y razonan: el mundo sigue su curso, me baje yo de él o no, da lo mismo. Así que… ¡para qué me voy a comprometer en cambiar algo! Me dejo llevar y listo, ¿por qué he de preocuparme o de ocuparme en arreglar lo que no está bien.
Hace ya más de 3300 años la Torá en nuestra parashá está atendiendo a este mismo punto conflictivo: el del compromiso personal con el cambio positivo propio y de la sociedad.
He aquí la breve historia. Los miembros de las tribus de Gad y Rubén se presentan ante Moshé para pedir las tierras al oriente del río Jordán, pues eran de buenas pasturas, por tanto idóneas para esas tribus dedicadas de lleno a la cría de ganado. Recién están en el inicio de la campaña de toma de la Tierra que el Eterno prometiera a Israel como morada, por lo cual, con razón Moshé les contesta:
«¿Irán vuestros hermanos a la guerra, y vosotros os quedaréis aquí? ¿Por qué desalentáis a los Hijos de Israel, de modo que no crucen a la tierra que les ha dado el Eterno?» (Bemidbar / Números 32:6-7)
Les dice: ¿Tranquilidad para ustedes y zozobra para la comunidad? ¿Comodidad para unos pocos que se creen listos, a cambio de desmoronar las bases de la sociedad? ¿Un montón de pasto a mano, en lugar de la fabulosa tierra santa que ha prometido Dios? ¿Fantasías de placer en lugar de obediencia de los mandamientos?
Luego continúa amonestándoles, recordándoles las ocasiones en las cuales las personas prefirieron seguir sus deseos de comodidad, antes que comprometerse en el cumplimiento de las tareas que tenían asignadas. Concluye con las palabras:
«Porque si dejáis de ir en pos de Dios, Él volverá otra vez a dejaros en el desierto; y destruiréis a todo este pueblo.» (Bemidbar / Números 32:15)
En su reprimenda, el maestro les está mostrando un secreto de la humanidad:
el pecado de uno, perjudica a todos. Así como la buena acción de uno, beneficia al mundo entero. Toda buena obra que corresponde que el individuo haga y deja sin hacer, es una pérdida para la sociedad. Es la misma idea que se esconde detrás de la famosa frase talmúdica (Avot 4:3): «No desprecies a ninguna persona, ni desvalorices nada; puesto que cada persona tiene su momento y cada objeto su lugar». O como el célebre escritor gentil Dostoievsky aprendiera y luego escribiera: «Todos somos responsables de todo ante todos» (leyenda en la entrada del Museo de la Cruz Roja en Ginebra, Suiza). Que bien puede resumirse como: cada persona cuenta, pues de ella depende el Universo.
El diálogo entre Moshé y los miembros de esas tribus prosigue un poco más, hasta que finalmente ellos se comprometen a ser los primeros en ir al frente en las batallas contra los enemigos de Dios e Israel, para de ese modo luchar en beneficio de toda la comunidad, en especial para favorecer a aquellos hermanos que aún no hubieran recibido su porción en la santa Tierra. Pero antes de marchar a la guerra a favor de los otros, solicitan autorización para dejar seguros y resguardados a sus posesiones y familias (¡en ese orden los mencionan!, primero se interesan por proteger sus pertenencias terrenales).
Y así hicieron. A instancias de las duras críticas del gran maestro Moshé pudieron aprender (a medias) que para gozar de la porción propia, es imprescindible colaborar comprometidamente con el prójimo, pues de lo contrario, no existe goce, bendición, seguridad o crecimiento. (Lo aprendieron a medias, pues seguían anteponiendo su beneficio egoísta a lo que era preciso para el sostenimiento de la comunidad). Sin compromiso con el cambio positivo, lo único que hay es un placer pasajero, que cuando se retira, solamente quedan cáscaras vacías y más hambre para ser satisfecha.
Miremos por un instante nuestra vida cotidiana. Pero, no detengamos nuestra mirada en aquello que viene velozmente, y así se va, lo que es superficialmente divertido o llama nuestra atención. Sino que detengámonos un instante para observar detenidamente aquello que es relevante. Concentrémonos por un momento en captar lo que es importante, y no aquello que es urgente o novedoso. Y entonces, cuando veamos y observemos, no podremos menos que preguntarnos: ¿no nos queda muchísimo por hacer para mejorarnos, y ayudar a progresar a nuestros vecinos? ¿No hay hambrientos para alimentar, enfermos por visitar, descubiertos que abrigar, solitarios que acompañar, ignorantes que enseñar, y otras decenas o centenas de obras a nuestro lado que están requiriendo nuestra participación? Preguntémonos: ¿Qué es lo que estoy dejando de hacer, y que el mundo precisa que yo haga? Y luego, respondamos con sinceridad…
Y si pensamos que nada podemos hacer para perfeccionarnos, a nosotros y el mundo. Que los problemas nos superan.
Que las dificultades son enormes. . Que nuestras fuerzas son escasas. . Que nuestra voz es un susurro.
Que los responsables de los cambios positivos son otros.
Y si pensamos que preferimos la comodidad de lo que es sencillo, a lo desconocido que es comprometerse en construir un mundo mejor. Entonces, miremos nuevamente el mensaje de la Torá en esta semana: «sabed que vuestro error os alcanzará» (Bemidbar / Números 32:23). Es decir, aquello que dejamos de hacer, o adrede hacemos mal, tarde o temprano tendrá sus consecuencias negativas que nos perjudicarán.
Pero, por supuesto que la persona debe ser humilde, por lo cual, si tras intentar con todo su corazón y fuerzas no puede alcanzar su meta, no por eso debe apenarse o sentirse fracasada. En su esfuerzo sincero, está su premio, y la bendición para el mundo. Ya lo enseñaron nuestros Sabios talmúdica (Avot 2:16): «No es tu responsabilidad cumplir toda la obra (de corregir al Mundo), pero tampoco estás libre para dejar de hacer la parte que te corresponde».
Y por último, cuando permanecemos mudos ante actos de injusticia, de desprecio a un semejante, de descontrol, de burlas, de chistes ofensivos, de crueldad; ¿de qué lado nos estamos poniendo? ¿Somos neutrales? ¿Estaremos del lado de las víctimas o de lado de los agresores? ¿Nuestro silencio no está poniéndonos en el lugar de cómplices, o en el lugar de defensores de lo que es bueno, o en el sitio propio de los indiferentes?
Cuando estamos ante una elección ética, ya el Talmud nos da la respuesta: «El silencio es como la aprobación» (Iebamot 87b). Es decir, no hay posibilidad de ser indiferentes. O se está con lo que es correcto, o no se está. En todo momento, uno es el que hace la diferencia, porque recuerden: Dios da a cada ave su alimento (Tehilim / Salmos 145:16; 147:9), pero no lo deja depositado en el nido…
Cuentan los que son sabios que Este Mundo es como una gran canoa sobre un poderoso río. El objetivo está río arriba, contra la fuerte corriente. Cada uno de nosotros tiene su lugar en la canoa, su remo y su labor para realizar.
Si uno solo deja de remar, la canoa pierde velocidad, y los otros ocupantes de la nave deben esforzarse más por no alejarse del objetivo. Cuantos más se abstengan de remar, la corriente arrastrará con más violencia al bote con todos sus ocupantes hacia atrás. En resumen: jamás el bote permanece estático, depende de cada uno de sus ocupantes si avanza o retrocede.
Preguntas para meditar y profundizar:
• ¿Cómo se puede relacionar este relato con el comentario que brindamos de la parashá?
• ¿Por qué el bote debe andar contra la corriente para llegar a su meta verdadera?
Que es idéntico a preguntar: ¿por qué Dios creó y permite las dificultades, siendo que Él podría darnos lo bueno que quisiera con facilidad?
• Los autores del célebre personaje Homero Simpson en una ocasión le hicieron decir: «Las respuestas a los problemas de la vida… ¡Están en la TV!» ¿Esta frase es apropiada para alguien comprometido con el crecimiento, o para uno que deja que las cosas sucedan a su alrededor?¿En qué se parece esta actitud a la que tienen los creyentes en la idolatría?
• ¿Qué quiso decir Salomón con la frase: «En el día del bien, goza del bien; y en el día del mal, considera que Elokim hizo tanto lo uno como lo otro, de modo que el hombre no puede descubrir nada de lo que sucederá después de él.» (Kohelet / Predicador 7:14)?

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